viernes, 15 de abril de 2016

Sobre la innecesaria extensión de algunas cosas

Hay quienes insisten en considerar que todo es relativo, sin embargo, quienes padecemos las nauseas que provocan los vaivenes de la incertidumbre nos arriesgamos una vez más a considerar ciertas algunas ideas, tal vez con la única intención de aferrarnos al mástil de este naufragio al que llamamos Monólogos de loro. 

Este viernes el loro parlanchín expone sobre la innecesaria extensión  de algunos sucesos. Sin más preámbulos comenzamos: 

Conversación de innecesaria extensión:

Persona A: ¿Quieres cenar esta noche en mi casa?
Persona B: Si.
Persona A: ¿Realmente tienes ganas?
Persona B: Si.
Persona A: No te escucho convencido.
Persona B: Si, tengo ganas, por eso dije que si quiero ir.
Persona A: Está bien, simplemente no quiero que lo hagas por compromiso.
Persona B: ¿No te parece que este diálogo se está tornando innecesariamente largo?
Persona A: ¿Vas a ir por compromiso?
Persona B: No.
Persona A: ¿Y entonces por qué vas?
Persona B: porque tengo ganas de ir
Persona A: Y entonces por qué no dijiste simplemente: si.
Persona B: Eso es lo que dije en un principio.
Persona A: si, pero lo dijiste con una entonación distinta.

Conversación de perfecta duración

Persona A: ¿Quieres cenar esta noche en mi casa?
Persona B: Si. 
Persona A: Te espero a las veintiuna.
Persona B: De acuerdo. Saludos.
Persona A: Nos vemos.

(Habrán notado el cuidado que tuve llamando a los personajes A y B para que no sea yo considerado un sexista dejando expuestas a las que la mayoría de las veces representan al personaje A del primer ejemplo)

También existen geografías y edificios que parecen haber sido pensados con el único fin de generar y abrigar situaciones de innecesaria duración y  entre estas, las salas de espera, son las más evidentes; todas las esperas que superen los quince segundos son insoportables. Las paradas de bus, los aeropuertos, las estaciones de trenes, y otros lugares análogos, todos diseñados para propiciar espacios en los que se adoctrine a la gente para aceptar como normal la innecesaria duración de las esperas. Los creacionistas y casi todos los hombres de fe deben confesar que la vida misma es una espera para el reencuentro con el creador (o con su archienemigo…) inclusive yendo más a lo micro, sin pensar en la vida o el universo, puedo asegurar que a las Pampas argentinas dios las diseñó con la intención de que quien las recorra conozca el aburrimiento y se prepare para estas esperas que los ateos encuentran de innecesaria distancia.

Debemos admitir que muchos de nosotros somos funcionarios de esta corporación que proporciona instancias de innecesaria duración. Recuerdo al panadero de mi barrio, que para vender dos trozos de pan demoraba veinte minutos; dedicados los primeros diez a ponerse a corriente de toda la situación familiar y general del cliente y los últimos a la parsimoniosa manera de buscar el producto, envolverlo, cobrarlo y despedirse con la emoción que se despide a un amigo que vive a veinte mil quilómetros y tal vez no vuelva jamás al país. Mientras tanto el resto de los clientes sabe que tres compradores antes en la fila equivalen a una hora de espera. Y si bien no somos todos tan operantes en el oficio de alargar innecesariamente las esperas de los demás, como Don Juan el panadero de mi barrio, insisto, debemos admitir que muchos de nosotros somos ocasionalmente empleados de medio tiempo en dicha corporación.

No dejemos afuera de esta lista a los procesos judiciales. En Argentina, dichos procesos suceden con una lentitud tan portentosa que podríamos decretar a los empleados del poder judicial como los máximos exponentes, representantes inalcanzables, defensores insoslayables y procuradores por excelencia de situaciones de innecesaria duración.  A veces suelo imaginar que los jueces tienen vehículos muy lentos, que los abogados llegan montados en tortugas a sus oficinas y que todos los empleados del poder judicial tienen vértigo y tacofobia o viven en una dimensión paralela que transcurre en cámara lenta. Por supuesto siento pena por ellos, imagino lo difícil que se debe tornar la vida de una persona que opera con tal lentitud; imagínese querido lector lo difícil que debe ser conseguir novia, o jugar al futbol para un señor que para definir una operación laboral necesita entre cinco meses y ocho años de trabajo. Acostumbrados a estos dilatados tiempos imagino que someterán a sus familias a prorrogadas esperas, sus hijos los esperaran durante horas a la salida de la escuela y sus amigos dormirán siestas hasta que estos lleguen al desenlace de un chiste que comenzaron a relatar la semana pasada.

En la literatura, toda obra que nos disguste se tornará de innecesaria duración y por esta razón podríamos decir que es mala, sin embargo y como dijimos al comienzo, no todo es relativo y debemos considerar la posibilidad de que la obra sea mejor que nosotros y sencillamente no la estemos entendiendo. Nuestros gustos siempre están sujetos al nivel de entendimiento y raciocinio que tengamos. Tramposamente algunos poseedores de humildes niveles de entendimiento largan al mundo sus desatinadas críticas estéticas o simplemente quieren persuadir al mundo de que todo es relativo, y que el gusto personal es lo que define la nobleza de la obra, para todos ellos tengo dos cosas que decir: la primera es que el gusto no es siempre fraternal con la nobleza artística, y la segunda es que estoy seguro de que este texto se volvió una cosa de innecesaria duración.