viernes, 22 de abril de 2016

Sobre la muerte

Estoy seguro de que no va a ser la última vez que hable de la muerte, por supuesto si ella no me lo impide.

A los animales les llega el fin, los humanos, al tener conciencia de la muerte caminamos hacia ella, sabemos que el encuentro es inevitable; sin embargo hay muchas personas que parecen haberlo olvidado, o no lo piensan, a veces porque no la vieron de cerca o porque simplemente parece no importarles. A estos dichosos los invito a dejar de leer esto por su propio bien.

Ahora sí, ya estamos solo quienes somos conscientes de la existencia del fin y algunos curiosos que no pueden con su genio. Yo desgraciadamente tuve mi primer encuentro con la muerte en mi más tierna infancia, sin embargo también debo agradecer que se apareciera de un modo discreto, casi inocente y hasta pintoresco. Les cuento la anécdota: 

Era el día siguiente de mi cumpleaños número cuatro, (irónicamente, el día de los inocentes) estaba yo abriendo el último paquete de regalos (jamás perdería ni un segundo de juegos con amigos para ver los regalos que perfectamente podría ver al día siguiente) cuando de repente con tan solo ver la forma del envoltorio y sentir la consistencia, me percaté que se trataba de ropa, una pésima noticia considerando que para un niño el único regalo digno y bien recibido es un juguete, y por aquellos años no se estilaba regalar disfraces, de manera tal que yo sin abrirlo ya confirmaba que se trataba de algo aburrido, aun así abrí el paquete. Era una camisa marrón clara, de mangas cortas, digamos que nada extravagante, sin embargo me encantó, me pareció el mejor y más lindo regalo, me la quise poner inmediatamente y me sentí infinitamente afortunado por ser poseedor de una prenda tan hermosa, la miraba como se mira a un tesoro y me imaginaba caminando por la calle con esa camisa. Pocos minutos después de contemplarla me angustié hondamente al percatarme de que yo crecería y algún día no podría usarla más, y no dependía de cuan cuidadoso fuese con ella, por primera vez estaba yo ante la frustración que genera enfrentarse a lo inevitable. En definitiva descubrí el paso del tiempo y la fatalidad. Tal vez yo tuve la suerte de que la muerte se me haya presentado de manera tan piadosa; disfrazada de camisa. En definitiva si la belleza es una luz que encandila y se puede tornar peligrosa, además y como si esto no fuese poco, nos obliga a pensar que de cualquier manera, aunque podamos maniobrar con ella, un día dejaremos de contemplarla.

Casi todos los días recuerdo que voy a morir y peor aun pienso que los que amo van a morir; como agravante, por más esfuerzo que haya hecho, no considero posible ningún tipo de existencia después de la muerte, no al menos una que me sea conveniente. Aquellas especulaciones científicas de que la energía no desaparece y de que la energía que contenía mi cuerpo seguirá existiendo en el universo, la verdad, no me alegra en absoluto, yo quiero como plantea Unamuno una vida eterna pero manteniéndome intacto. Nada de renunciar al cuerpo para ceder mi existencia al espíritu, ni mucho menos consolarme con ser energía viajando por el espacio.  Tampoco me consuela pensar que el día de mañana, cuando muera, (a menos que la muerte esté ansiosa y me lleve el día de hoy) tal vez alguien lea los bodrios que escribo y vivir en mis escritos, le aseguro querido y paciente lector que le cambio todas las cosas que haya escrito en mi vida y todas las que escribiré por una hora más de vida.

Nuestro querido John Donne, hombre de fe, describe el devenir del cuerpo y la proximidad de la muerte con un llamativo pesar tratándose de alguien que está seguro de la eternidad del alma. Evidentemente la muerte siempre es penumbrosa, aun para quienes la consideran un cambio de estado. Entre los párrafos más terroríficos que he leído en mi vida, más aun que los que se describen en el infierno de Dante, recuerdo aquel de Donne que dice más o menos:

… y en un instante el sueño, que es la imagen, la copia de la muerte, se aleja para que el original, la muerte misma, pueda sucederla…  

Poco antes de este párrafo, Donne, viene describiendo la pérdida del apetito y de las fuerzas, pero esta idea del poeta británico, de que el sueño es un ensayo de la muerte, es aterradora, la muerte se anuncia quitándonos todo, inclusive el sueño que es una maqueta de ella misma.

En la literatura el tema de la muerte está tan presente como el amor, y probablemente no sea casual, parece ser que el amor es el sentimiento más efectivo para olvidar al menos momentáneamente a la muerte. Borges, haciendo gala de la asombrosa combinación de razón y sensibilidad que lo caracterizaba, se percata de que posiblemente Cervantes al describir la muerte de Alonso Quijano se conmueve sinceramente y por eso escribe:

…entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.

 Anteponiendo la frase dio su espíritu, casi como buscando palabras en la conmoción para anoticiar de la muerte del personaje.  

En definitiva, este gil que escribe, aprovechando que la muerte está entretenida en el geriátrico de la otra calle, va a salir a disfrutar del sol, del amor y de alguna bebida espirituosa; porque nunca se sabe si quien está tocando el timbre de casa es una tía o la parca. Y le recomiendo que haga usted lo mismo, vaya al parque o a hacer compras, por ahí viene la parca, no lo encuentra en casa, se entretiene con algún despistado y después se olvida por algunos años de usted.