sábado, 12 de diciembre de 2015

Sobre los bienhumorados y los malhumorados


Parece ser que la población mundial está dividida en dos: bien humorados y malhumorados, y con esto no nos referiremos a quienes saben contar chistes o no, sino a quienes son capaces de sonreír, inclusive, ante la peor de las tempestades y a quienes están a disgusto hasta en el mejor de los días.

Comenzaremos hablando de los que poseen buen humor, aclarando antes, que dentro de este grupo existen categorías: Por un lado encontraremos a aquellos que gozan de buen ánimo y se sienten dichosos y por otro lado, aquellos que quieren irrumpir en el grupo de los bien humorados simulando ser poseedores de infinitas alegrías, a estos últimos bien podríamos llamarles infelices desesperados (le recomendé este denominativo a mi terapeuta para que lo use con sus pacientes, así que si usted es un infeliz desesperado y por casualidad comienza a tratarse con mi psicólogo y le dice que es un infeliz desesperado hágamelo saber. Gracias) en definitiva, este apelativo me resulta preciso por que alguna vez me he encontrado con gente a la que le preguntas como se siente y no titubea en decir: Mal, estos parecen ser infelices equilibrados que no tienen necesidad de simular dicha, sin embargo, nada resulta más evidente que una carcajada fingida, y pocas situaciones resultan más incómodas que las que atravesamos al oír discursos del que sabemos que padece y acusa bienestar. En definitiva son preferibles los infelices sinceros que los falsos dichosos, ya que estos últimos, evidencian su pesar intentando ocultar su mal humor con malos chistes creyendo que mostrar los dientes y sonreír es lo mismo.

Dentro del grupo de los mal humorados también hay unos que simulan ser portadores de insoportables pesares porque, como sabemos, muchos genios fueron infelices, (Dante padeció por Beatriz, Beethoven por su sordera, Borges acusó en su poema "El remordimiento" no haber sido feliz y así podríamos sumar muchísimos genios a esta lista) de manera tal que hay un gran grupo de falsos infelices que consideran que la infelicidad, el mal genio y el mal humor son el punto de partida de la genialidad y por este error, con la ilusión de adquirir el genio de Borges, en vez de ponerse a leer, se disponen a sufrir, que es mucho más fácil.   Es necesario aclarar en este punto que se puede ser infeliz y estúpido.

Sigmund Freud, tratando a Anna O y luego a otras pacientes, llegó a suponer que la histeria se remontaba a experiencias traumáticas de la infancia referentes al sexo. Una vulgar interpretación de este estudio freudiano hizo suponer a algún sector de las clases populares que la histeria era simplemente mal humor y que la cura se alcanzaba cuando la paciente conseguía un amante activo y viril que generosamente le convidase de sus virtudes en el campo de las artes amatorias. En todo momento hablamos de pacientes femeninas porque en primera instancia se supuso que la histeria solo podía darse en mujeres, sin embargo hoy sabemos que aunque es menos frecuente en ellos, la histeria es un trastorno psicológico unisex. 

Entre aquellos que consideran que el mal humor es producto de algún trastorno psicológico o biológico se suele generar una molesta expectativa cuando un mal humorado sonríe. Esta clase de actitudes por parte del hosco suele generar esperanzas en vecinos y amigos que no demoran en desilusionarse tras la casi inmediata fruncida de ceño de aquel que vuelve al estado que le es más propio.

En definitiva podríamos decir que, tanto el bienhumorado como el malhumorado, tienen la facultad de hacernos sentir incómodos por su capacidad de mantenerse ajenos a la situación, siempre fieles a su sentimiento; quiero decir: un malhumorado expresando su fastidio en una fiesta, es tan exasperante como un bienhumorado contando chistes en una situación luto. Aun así este blog se sigue declarando a favor de quienes demuestran sus más sinceros estados de ánimo.