viernes, 1 de abril de 2016

Sobre la angustia y la dicha en el trabajo

Acompáñeme en esta simple cuenta querido lector: 

Las semanas constan de siete días. En gran parte de los pueblos de occidente se dedican cinco o seis al trabajo y uno o dos al descanso, de manera tal, que quienes se sometan a esta forma de vida, durante el tiempo que se sometan, irán al trabajo el 71, 428 % de los días, y esto si solo trabajan cinco días, en el caso de que trabajen seis, el porcentaje sube hasta el 85, 714%. 

Esta es una maravillosa noticia considerando que el 28,571% o 14,285% de los días nos pertenecen completamente para hacer lo que nos plazca y luego podemos dedicar la mayoría de los días al trabajo que nos genera placer y nos dignifica. Por supuesto, la noticia se torna menos maravillosa si el trabajo que hacemos no nos genera placer ni nos dignifica de ninguna manera, es más, ponerse a corriente de estos porcentajes puede resultar tan poco maravilloso que bien podríamos considerarlo una horrorosa noticia. 

Aquellos que no tienen la dicha de trabajar en lo que aman tienden a colocar anestesias a estos números, suman vacaciones, y así mueven algún punto el porcentaje, además piensan que si bien es verdad que más del setenta por ciento de los días se los dedican al trabajo, no trabajan veinticuatro horas. Los más autocomplacientes sacan nuevos porcentajes contando horas de labor y horas de tiempo libre, a veces haciendo trampa y no sumando horas de traslado hasta el lugar de trabajo y restando los minutos otorgados para el refrigerio (como si viajar hasta el trabajo y comer allí inscribiesen como placeres de la vida.) 

Muchos siquiera saben si son felices haciendo su trabajo, otros directamente comprenden que el trabajo es un castigo y simplemente resisten. Si usted está en duda, aquí le dejo una pequeña encuesta que puede ser esclarecedora:

Su trabajo no le gusta si:

a) Alguna vez se imaginó a su jefe siendo atacado por pirañas, y luego de generar esta imagen mental se rió con el seño fruncido. 

b) Si siente que los lunes son los peores días y los viernes los mejores (en el caso de comenzar y terminar la semana laboral en otros días adecúe la pregunta) 

c) Si vuelve a su casa queriendo solamente dormir y siente que le duele todo el cuerpo incluyendo pelos y uñas.

Su trabajo le gusta si:

a) Alguna vez se quedó después de hora aunque su jefe ya se haya ido y no queden testigos de tal hazaña.

b) Puede reírse al menos una vez al día y no de pirañas u otras alimañas atacando a superiores.

c) Realmente considera que, el cepillo de dientes, la ropa interior y el papel higiénico tienen trabajos peores que el de usted.

Probablemente muchos de ustedes, están al tanto de aquella noticia que relata los suicidios de tres operarios chinos que decidieron tirarse por las ventanas. A razón de estas tragedias la empresa tuvo la decorosa idea de colocar redes anti suicidio a las afueras del edificio. Seguramente quienes están a cargo intuyen que a muchos de sus empleados no le genera gran felicidad realizar ese trabajo que ellos ofrecen. En definitiva, el trabajo es evidencia de una imperfección, los dioses no trabajan, nunca les hizo falta. Otorgando dicha o no, el trabajo siempre está evidenciando una carencia, una necesidad y una búsqueda, así que en definitiva el mejor de los trabajos no es perfecto. De cualquier manera no elija conformarse, no llegue al extremo de tener que ser contenido por redes anti suicidio.    


domingo, 27 de marzo de 2016

Sobre las revelaciones de los ignorantes


Nosotros, los ignorantes, creemos que inauguramos, descubrimos y creamos más que ningún otro ser. Por nuestra condición de ignorantes solemos sentimos genios y por sentirnos genios estamos condenados eternamente a la ignorancia.

Recuerdo cuando inventé el acorde Do mayor, fue la cálida mañana del 27 de Septiembre de 1999. Por supuesto, yo jamás lo hubiese llamado Do mayor, se me ocurrían nombres como: Gemido de libélula o destellos vernales. Durante el atardecer del 29 de Septiembre decidí hacer público mi descubrimiento armónico ante un selecto círculo de amigos y familiares. La expectativa generada era tan grande como mi ansiedad. Todo fue magnífico; posé mis manos sobre las cuerdas y toqué mi acorde con decisión, entonces todos quedaron en silencio hasta que uno de los presentes, con no menos conocimientos musicales que malicia, informó al resto que lo que yo estaba tocando no era ningún invento mío. Agregó que era un acorde utilizado desde hace poco más de medio milenio y que, para mayor desilusión mía, llevaba el insulso y flemático nombre de Do mayor. A partir de este suceso se me ocurrió pensar que, tal vez, muchísimos de mis geniales inventos podrían haber sido ya inventados sin que yo lo supiese.

En el mundo de la literatura esto sucede con insólita recurrencia, y creo que seguirá sucediendo. De vez en cuando aparecerá un escritor jactándose de haber desarrollado algo nuevo. Llegará con su obra como quien llega con un paquete de luz bajo el sobaco y tratará de persuadirnos de que él es el inventor de la novela policíaca. 
Para los artistas ignorantes, la novedad y la originalidad son las cumbres del arte. Por supuesto creemos esto porque nos consideramos creadores natos. Inclusive, si sospechamos que no estamos siendo lo suficientemente vanguardistas, somos capaces de generar obras carentes de toda razón.

 No creo que sea nocivo el hecho de que se escriban cosas ya escritas, lo llamativo es que la crítica premie con el adjetivo de novedoso a obras que definitivamente no lo son. Debemos recordar que la novedad no lo es todo y lejos está de ser la única pretensión artística. Contrariamente en el mundo de la ciencia ningún sentido tiene escribir y publicar un ensayo que diga cosas ya dichas, quiero decir: Qué aporte haría a la ciencia que yo escriba: Los seres vivos evolucionan. Aunque parezca difícil de creer todos los años se publican ensayos psicológicos con planteos sino idénticos al menos muy parecidos a otros ya divulgados y esto no solo se da en esta disciplina académica.

Es importante recordar además que algunos genios se concentraron tanto en sus investigaciones y producciones, y dedicaron tanto tiempo a eso, que llegaron a despreocuparse de las publicaciones. Mientras al señor Charles Darwin le demandó más de veinte años publicar El origen de las especies después de haberla terminado, yo ya publiqué esto que recién se me ocurre.  Muchos ya me dijeron que este texto ya fue escrito, que esta idea ya fue planteada y de hecho, en muchas ocasiones, en la mayoría, con mayor nobleza. Sin embargo, yo que no sé, ni me importa si es así, oficiando como ignorante indiferente, largo este monólogo al mundo con la intención de ser novedoso porque en definitiva a nosotros los ignorantes nada nos conmueve más que la sensación de revelar novedades al mundo.

viernes, 11 de marzo de 2016

Sobre la ansiedad


Podríamos decir que la ansiedad es un estado mental que se caracteriza por una inquietud, una gran insatisfacción con el presente por desear algo venidero que por supuesto puede no suceder, razón por la que no dudo en considerar a la inseguridad como un agravante.

Cuando comencé a sospechar que era ansioso hice terapia, al finalizar la primera jornada le pregunté a mi psicóloga si era o no ansioso y ella me dijo que tendría los resultados para la semana próxima, entonces yo saqué mi pistola e inmediatamente confirmó el diagnóstico. Por supuesto no la volví a ver, no soy lo suficientemente paciente como para hacer un tratamiento por tiempo indeterminado y con resultados inciertos.

Tiempo después, padeciendo por la ineficacia de la psicología me incliné por la filosofía, fue en este momento cuando descubrí a Platón, Descartes y Schopenhauer, y fue precisamente durante las circunspectas lecturas de estos autores cuando logré superar al menos momentáneamente mi ansiedad. Me convertí en un estudiante de filosofía y como cualquier estudiante no pude reprimir demasiado tiempo mis ganas de escribir. En esta instancia la ansiedad volvió a emerger, ya ansioso por publicar un ensayo sobre la crítica del juicio de Kant, copié el texto y solo agregué al final: Estoy de acuerdo.

A esa altura de mi vida ya cargaba mis espaldas con la desilusión psico-filosófica y me preguntaba por qué razón disciplinas tan nobles y tan pobladas de altos pensamientos no podían ayudarme a superar mi ansiedad. En ese preciso momento; cuando me quedé sin ideas y apagué mi mente, surgió, creo yo, de mis entrañas, una nueva sensación: la fe. Comencé entonces a averiguar sobre religión y decidí que por cuestiones culturales y de comodidad la que más me convenía era el cristianismo y más estrictamente el catolicismo, ya que la ciudad estaba superpoblada de recintos religiosos de esta especie y la mayoría muy bien ubicados. Así descubrí las enseñanzas de Jesús, conocí a los santos y la paz se adueñó de mi hasta que descubrí a san Expedito (patrono de las causas urgentes). Imagínese querido lector, y trate de ponerse en mi lugar: Para qué le pediría a determinada virgen que me ayude a superar mi ansiedad, sabiendo que San Expedito ofrecía servicio express. Así comencé una alocada carrera de plegarías; pedía algo e inmediatamente después del amén miraba el reloj para calcular la demora de cada pedido y la regularidad con que se cumpliesen mis deseos.

Por alguna razón, la religión tampoco funcionó y la desesperación se adueñó de mí. Con el poco aliento que me quedaba traté de pensar qué era la ansiedad y así reflexioné que hay situaciones en las que es inevitable ser ansioso, por ejemplo contar días para salir de la cárcel, mirarse al espejo cada tres minutos esperando los resultados  del régimen alimentario que comenzamos hace media hora, o llegar al fin de la lectura de una novela (Jamás lean el final y después comiencen por el principio porque al segundo capítulo la dejan), pedir la cuenta antes de terminar la cena, y otras situaciones análogas. Además descubrí que los ansiosos viven rápido, el tiempo se les escapa de las manos, y todos sabemos qué sucede cuando se nos acaba el tiempo, llega la innombrable, la de huesuda cara, la del harapo negro, la de la rudimentaria cortadora de césped, usted ya sabe querido lector.

Finalmente sentí una extraña sensación, una dualidad que se da cuando tenemos que enfrentar algo que no nos gusta, como por ejemplo, ir al dentista, situación por la que queremos transitar cuanto antes para librarnos de ella, y a esa ansiedad se le superpone un sentimiento que nos dice: ojalá no llegue nunca este momento. Aplicando la misma fórmula descubrí que la ansiedad nos hace correr hacia el futuro y en nuestro futuro más lejano nos espera la muerte, en definitiva: al pesar de la ansiedad le sumé el pesar de la muerte; o sea que posicioné mi vida como un instante entre dos tópicos insoportables, el aburrido presente y la desaparición física del futuro, pero, como menos por menos es más, ahora soy mucho menos ansioso simplemente porque sé que el futuro es peor, llegado ese momento siquiera voy a poder ser ansioso. 




viernes, 4 de marzo de 2016

Sobre la memoria:


Recuerdo que en mi infancia solía olvidarme de muchas cosas con asombrosa facilidad, más de una vez, dentro del supermercado, y de cara al carnicero, solíamos quedarnos algunos segundos sosteniendo nuestras miradas, él posiblemente creyendo que yo estaba intentando recordar que corte quería, yo preguntándome que hacía en la carnicería del supermercado. Con el paso de los años mi memoria se fue ampliando aunque muy levemente; ya para la adolescencia podía recordar hasta tres artículos, aun siendo estos de diferentes secciones, con combinaciones tan poco lógicas como perfumería, carnicería y artículos del hogar. Este desarrollo de mi memoria fue significativo pero, aun así deficiente; más de una vez le adjudiqué frases de Shakespeare a Maradona, inclusive una vez, le otorgué una de Nietzsche a Jesús (Creo que mi mente los asocia, según recuerdo, porque ambos usaban bigote).   

Vale aclarar que existen diferentes categorías de memoria, inclusive pareciera que hay una buena y una mala memoria. Solía pensar que tenía buena memoria quien podía recordar absolutamente todo, por ejemplo: en que butaca se sentó la vigesimoséptima vez que viajó en bus.  Por el contario, mala memoria sería la del que ya hace tres minutos que está en la carnicería preguntándose qué hace en ese lugar mirándose a los ojos con un señor repleto de manchas de sangre que sostiene un cuchillo tan grande. Sin embargo y a pesar de que parece ser que estas son las dos clases de memoria, puedo asegurar (si mal no recuerdo) que a los dieciocho años (si mal no recuerdo) me pregunté por qué no podía olvidar a aquella que tanto quise y cómo podía ser que recordar algo ahora fuese sinónimo de mal,  de memoria mala. Recuerdo también a un profesor de historia que tenía poca memoria y era muy orgulloso; cuando alguien le preguntaba algo y él no recordaba la respuesta se inventaba una, a razón de este doble padecer del señor profesor Sánchez yo insistí durante muchos años en que Colón había llegado a las costas de América en el año 1942, lo que indica que memorizar cosas mal aprendidas también es causante de memoria mala.  A partir de este conflicto planteé la siguiente fórmula:

Dos tipos  de mala memoria, La clásica: querer recordar algo y no poder, y la realmente mala, querer olvidar y no poder.

Con esta fórmula dejé de llamar mala memoria al hecho de olvidar y comencé a sentirme un virtuoso del olvido, de hecho siquiera recuerdo quien era la que no podía olvidar y tanto quise porque ya la olvidé; como dijo Martín Lutero: el pasado está lleno de cosas que no recuerdo. Aunque pensándolo bien creo que esa frase la dijo Martin Luther King, (Creo que mi mente los asocia porque ambos eran alemanes). Si me pongo a hacer memoria me parece que esa frase no la dijo ninguno de los dos, así que voy a operar como todos los que no recordamos bien quien dice una u otra cosa apropiándome de la frase, si, así es, esa frase es mía, es más, voy a agregar algunas cosas más al respecto en el párrafo siguiente.

Si mi memoria me acompaña, en el párrafo anterior dije claramente que la memoria opera de forma sorprendente, hasta con cierto excentricismo, y esto se evidencia cuando nos trae a la mente recuerdos retocados repletos de encantos que la vivencia en tiempo presente de la misma anécdota no tenía, la memoria nos trae siempre información falsa, nos hace creer que la niñez fue hermosa, que nuestras ex parejas eran adorables,  y por sobre todas las cosas nos cuenta una historia feliz de nuestra vida cuando en realidad éramos los mismos hastiados de la densa realidad que somos hoy.

De cualquier modo no recuerdo porqué comencé a contarle todo esto señor carnicero, lo único que recuerdo es que quería un kilo de, de, de… No me lo va a creer pero me olvidé, espéreme aquí que yo voy a volver a mi casa a preguntarle a mi mamá y vuelvo a charlar con usted o a comprarle carne, que aunque parezcan ser cosas muy distintas, a quién le importa que hagamos, si lo mismo me voy a olvidar y usted también.  

viernes, 26 de febrero de 2016

Sobre la paternidad

Los seres vivos somos poseedores de una pulsión muy particular que nos invita a reproducirnos. Esta precaria y pujante orden de la naturaleza acompaña a los humanos desde la antesala de nuestra madurez sexual, en muchos casos, hasta el fin de nuestros días. No tenemos potestad sobre esta pulsión, el dictamen viene engarzado a la existencia, y lo único que podemos hacer, en una instancia posterior, es intentar maniobrar con la razón, que considerando las teorías evolucionistas no nos acompañó desde siempre y es más bien una conquista obtenida tras algunos millones de años de evolución. Así se genera una tensión entre nuestra naturaleza que nos invita a procrear y nuestra razón que nos invita a salir de fiesta todos los fines de semana procurando divertirnos a más no poder y considerando el embarazo como el peor castigo de un soltero empedernido.  Para aliviar esa tensión muchos eligen aproximar la razón a la naturaleza y piensan en la paternidad como la opción más inteligente, y así muchos confunden la orden de la naturaleza con un deseo y una elucubración propia; en otro sentido y haciendo una analogía, sería como cuando tu madre te manda todos los días a hacer la cama y después de veinte años de recibir esta orden con inalterable puntualidad comienzas a creer que armas la cama por placer y decisión propia y esto es un error ya que todos sabemos que la segunda pulsión inalterable de todos los seres humanos es la de no armar la cama.

Según lo antes expuesto debemos considerar que cuando la gente no razona mucho le da riendas sueltas a la naturaleza y tiene hijos, y cuando razona, también los tiene porque tampoco es prudente desobedecer al animal con el que conviviremos todos los días. Recordemos que nuestro cuerpo es la jaula que comparten el irascible primate y la delicada y vulnerable razón.

Son muy pocos los insubordinados que optan por no engendrar, entre estos se encuentran muchas veces algunos genios, pecaminosos libertinos, oficiantes de alguna religión, o por supuesto la combinación de todas las anteriores como es el caso, según dicen algunos historiadores chismosos, del señor Antonio Lucio Vivaldi que podría haber compartido algo más que devoción religiosa y amor por la música con las dos monjitas que lo acompañaron algunos de sus años.  

Volviendo a quienes deciden o aceptan ser padres (como usted prefiera querido lector) siento la necesidad de denunciar un error clásico que expongo a continuación:

Muchos hombres y mujeres sienten que tienen que desarrollarse en todos los aspectos posibles y para esto se disponen a estudiar, aprender o desarrollar determinadas nociones.  Algunos consiguen títulos académicos, trabajos redituables y erudición entre otros. En cuanto a sus hijos desean lo mejor y para conseguirlo trabajan incansablemente restando tiempo compartido con los descendientes, pero obteniendo dinero que afortunadamente alcanza para contratar a un Baby Sister que estará gran parte de las horas  del día con los retoños transmitiendo su visión del mundo y sus saberes. En este punto debemos considerar que no todos los cuidadores de niños gozan de la clase de erudición y moral que nosotros deseamos transmitirles a nuestros hijos, pero quien los puede culpar, ellos no decidieron ser padres, fue usted el que así lo decidió o lo aceptó (como usted prefiera querido lector). No todos tienen la fortuna de Alejandro Magno que tuvo como Nana al señor Aristóteles. Aquí debemos considerar que el papi de Alejando, el señor Filipo II de Macedonia fue lo suficientemente sabio como para delegar la educación de su hijo a alguien más brillante que él o que simplemente tuvo una suerte bárbara al dar con un doméstico tan eficiente y cumplidor.  

Llegamos al punto en el que debemos considerar que la orden de la naturaleza es la reproducción pero no la paternidad, la primera se encuentra en el territorio del instinto, la segunda en el de la razón.  Alguien podría decir: Yo acepto tener hijos, lo que no quiero es ser padre, pero yo jamás escuché a nadie pronunciar esa razonable y horrible declaración. Aun así, si usted está en duda respecto de la paternidad, huya de este Blog que no es capaz de engendrar nada bueno y es un bastardo criado por execrables nanas.  

viernes, 19 de febrero de 2016

Sobre los estúpidos y los pusilánimes

  No son pocos quienes confunden a los estúpidos con los pusilánimes, yo como estúpido, en defensa mía y de mis cófrades, debo decir que entre los estúpidos hay una constancia casi sacra que se evidencia, por ejemplo, en los incontables intentos que hacemos para no tropezar con una misma piedra. A pesar de infinitos fracasos, movidos por una extraña fe y por la ortodoxia que nos caracteriza, llevamos una y otra vez la punta del zapato contra la inadvertida roca, por el contrario los pusilánimes, tropiezan y desde el piso acomodan como pueden la cabeza usando la piedra como almohada dispuestos a comenzar una siesta.  Por supuesto también existen aquellos iluminados que son capaces de sortear formaciones rocosas de todo tipo, pero hoy no hablaremos de estos altísimos atletas adivinadores.

Los pusilánimes nada tienen de sacro y si bien algunos los confunden con taoístas debemos recordar que la palabra Tao significa el camino, y debemos considerar que el tao fluye lentamente pero no se detiene, de manera tal que la lentitud taoísta se torna vertiginosa para cualquier pusilánime. Esa constancia que propone el Tao Te Ching no puede ser sostenida por los pusilánimes, es más, fíjese lo que le cuento, siquiera podría ser sostenida por los estúpidos; sucede que los estúpidos somos demasiado ansiosos como para identificarnos con pensamientos de esta clase.

El estúpido tiene una visión surrealista del mundo, esta distorsión, que es producto de la errónea apreciación de las circunstancias los invita a cometer errores y perjudicar a terceros o a sí mismos con operaciones que son propias de su psiquis, en términos generales podemos decir que los estúpidos son maliciosos, no necesariamente a conciencia, sino más bien porque como sabemos, es más fácil errar que acertar, hacer el mal que el bien. En definitiva los estúpidos estamos sujetos a la circunstancia y a la casualidad más que ningún otro.  
   
  Con respecto al amor, los estúpidos insistimos a pesar de que nos den vuelta la cara una y otra vez, para un estúpido no hay sutileza que valga, principalmente porque no somos capaces de captarlas, en cambio cuando nuestra amada abandona las palabras aterciopeladas para acudir lisa y llanamente a la grosería, sí comprendemos, pero un autentico estúpido debe ser alocadamente persistente. Contrariamente los pusilánimes raramente llegan a la instancia de la propuesta; las tensiones obtenidas tras las declaraciones sentimentales podrían resultar mortales para estos.

Los sentimientos que nos despiertan, tanto los pusilánimes como los estúpidos son encontrados, a veces nos ponen impacientes, otras nos dan gracia, sin embargo y especialmente entre los estúpidos, cuando tienen poder, comúnmente nos despiertan ira o miedo.  

Después de estas consideraciones debemos confesar que todos tenemos algo de estúpidos y algo de pusilánimes, tal vez lo que más cuesta descubrir es si somos más estúpidos que pusilánimes o más pusilánimes que estúpidos. Yo afortunadamente ya descubrí que soy redondamente estúpido y gracias a esta revelación, me comporto como un pusilánime y ya no me someto a elucubraciones de ningún tipo. 


viernes, 18 de diciembre de 2015

Sobre los contratos


Todo contrato es ante todo la evidencia de un desencuentro.

Los contratos no son cosa nueva, en el derecho romano ya se los nombra, inclusive los había de diferentes categorías y referían a un acuerdo de voluntades que pretendían brindar protección a los contrayentes ante posibles irregularidades. Estos contratos estaban abalados por la justicia romana y contribuyeron al orden civil y a la multiplicación de relaciones forzosas. A ver:

Las relaciones más genuinas no necesitan pactos, contratos ni acuerdos pre establecidos, simplemente porque la amistad, por ejemplo, es el resultado de un encuentro entre personas que desarrollan un vínculo afectivo que no permitiría abusos ni daños, por la simpatía que los mancomuna. Usted podría preguntarse entonces que pasaría entre personas corrompidas y protervas. En este punto podemos recordar a Cicerón que consideraba que la amistad se da entre quienes poseen el sumo bien en la virtud, en pocas palabras los maliciosos no conocen la amistad y tal vez si necesitarían de un contrato para establecer una.     

Casi nadie se aventura a establecer contratos de más de tres años de duración en ningún ámbito, sin embargo algunos se arrojan al matrimonio con la esperanza de sostener un contrato vitalicio y si bien esto parece ser una locura, un salto de fe, quienes juzguen irracional esta clase de decisión, podrían festejar el romanticismo que se da solamente en este tipo de contrato o al menos que se daba antes de que la especulación financiera se abriera camino en el único contrato que parecía gozar de cierta nobleza. El contrato prenupcial es otro intento más de restar pasión sin sumar razón y ante tal situación solo nos queda saborear el sinsabor.

Todos los días, la mayoría de los seres humanos establecemos relaciones contractuales, escritas u orales. Al comprar pan o cualquier otra cosa, estamos estableciendo un contrato, y teniendo en cuenta que los contratos tienen diferentes componentes, la que más suele tenerse en cuenta por las diferentes partes, es la obligacional. Por esta razón estoy seguro de que un encuentro amoroso no necesita contratos de ningún tipo. El amor no sabe nada de obligaciones, no las necesita, al menos cuando es compartido, por supuesto como los encuentros amorosos suceden con poca frecuencia, el contrato aflora como una herramienta que permite a aquellos desafortunados que no les tocó enamorarse de alguien que los ame, poder vivir una relación, que los observadores menos  perspicaces confunden con un encuentro amoroso. Claro que el castigo es tremendo para quienes quieren hacer de un desencuentro una familia y vale aclarar que en estos casos ni el mejor de los contratos los libra de pesares.

Durante cuatro años alquilé la casa de un locatario que solía decir: “conmigo despreocúpate por que yo soy confiado y creo en la palabra; a esta declaración yo solía responder: Que bien, porque yo jamás lo estafaría. Como indicio de que su declaración era falaz aun conservo los dos contratos de alquiler que el mismo redactaba. Las dos veces que firmamos los contratos se comportó de manera inquietante, se comía las uñas y miraba con pánico a la escribana mientras golpeaba los dos talones contra el piso con la destreza de un baterista de heavy metal. Antes de mudarme a otra ciudad, al finalizar el último contrato le dije: tal como le prometí siempre pagué al día y él me respondió: Si, fue muy buen inquilino y siempre confié en usted. Esa fue la última vez que lo vi y podría asegurar que ambos sentimos casi el mismo vacío: Él por perder una oportunidad de confiar en quien lo merecía, y yo por perder una oportunidad de demostrar que soy confiable, porque en definitiva jamás sabremos como hubiese sido nuestro vínculo sin contratos de por medio.