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viernes, 11 de marzo de 2016

Sobre la ansiedad


Podríamos decir que la ansiedad es un estado mental que se caracteriza por una inquietud, una gran insatisfacción con el presente por desear algo venidero que por supuesto puede no suceder, razón por la que no dudo en considerar a la inseguridad como un agravante.

Cuando comencé a sospechar que era ansioso hice terapia, al finalizar la primera jornada le pregunté a mi psicóloga si era o no ansioso y ella me dijo que tendría los resultados para la semana próxima, entonces yo saqué mi pistola e inmediatamente confirmó el diagnóstico. Por supuesto no la volví a ver, no soy lo suficientemente paciente como para hacer un tratamiento por tiempo indeterminado y con resultados inciertos.

Tiempo después, padeciendo por la ineficacia de la psicología me incliné por la filosofía, fue en este momento cuando descubrí a Platón, Descartes y Schopenhauer, y fue precisamente durante las circunspectas lecturas de estos autores cuando logré superar al menos momentáneamente mi ansiedad. Me convertí en un estudiante de filosofía y como cualquier estudiante no pude reprimir demasiado tiempo mis ganas de escribir. En esta instancia la ansiedad volvió a emerger, ya ansioso por publicar un ensayo sobre la crítica del juicio de Kant, copié el texto y solo agregué al final: Estoy de acuerdo.

A esa altura de mi vida ya cargaba mis espaldas con la desilusión psico-filosófica y me preguntaba por qué razón disciplinas tan nobles y tan pobladas de altos pensamientos no podían ayudarme a superar mi ansiedad. En ese preciso momento; cuando me quedé sin ideas y apagué mi mente, surgió, creo yo, de mis entrañas, una nueva sensación: la fe. Comencé entonces a averiguar sobre religión y decidí que por cuestiones culturales y de comodidad la que más me convenía era el cristianismo y más estrictamente el catolicismo, ya que la ciudad estaba superpoblada de recintos religiosos de esta especie y la mayoría muy bien ubicados. Así descubrí las enseñanzas de Jesús, conocí a los santos y la paz se adueñó de mi hasta que descubrí a san Expedito (patrono de las causas urgentes). Imagínese querido lector, y trate de ponerse en mi lugar: Para qué le pediría a determinada virgen que me ayude a superar mi ansiedad, sabiendo que San Expedito ofrecía servicio express. Así comencé una alocada carrera de plegarías; pedía algo e inmediatamente después del amén miraba el reloj para calcular la demora de cada pedido y la regularidad con que se cumpliesen mis deseos.

Por alguna razón, la religión tampoco funcionó y la desesperación se adueñó de mí. Con el poco aliento que me quedaba traté de pensar qué era la ansiedad y así reflexioné que hay situaciones en las que es inevitable ser ansioso, por ejemplo contar días para salir de la cárcel, mirarse al espejo cada tres minutos esperando los resultados  del régimen alimentario que comenzamos hace media hora, o llegar al fin de la lectura de una novela (Jamás lean el final y después comiencen por el principio porque al segundo capítulo la dejan), pedir la cuenta antes de terminar la cena, y otras situaciones análogas. Además descubrí que los ansiosos viven rápido, el tiempo se les escapa de las manos, y todos sabemos qué sucede cuando se nos acaba el tiempo, llega la innombrable, la de huesuda cara, la del harapo negro, la de la rudimentaria cortadora de césped, usted ya sabe querido lector.

Finalmente sentí una extraña sensación, una dualidad que se da cuando tenemos que enfrentar algo que no nos gusta, como por ejemplo, ir al dentista, situación por la que queremos transitar cuanto antes para librarnos de ella, y a esa ansiedad se le superpone un sentimiento que nos dice: ojalá no llegue nunca este momento. Aplicando la misma fórmula descubrí que la ansiedad nos hace correr hacia el futuro y en nuestro futuro más lejano nos espera la muerte, en definitiva: al pesar de la ansiedad le sumé el pesar de la muerte; o sea que posicioné mi vida como un instante entre dos tópicos insoportables, el aburrido presente y la desaparición física del futuro, pero, como menos por menos es más, ahora soy mucho menos ansioso simplemente porque sé que el futuro es peor, llegado ese momento siquiera voy a poder ser ansioso. 




viernes, 13 de noviembre de 2015

Sobre el dinero


El monólogo del día se propone analizar un tema que fue tratado incontables veces  y este blog que es especialista en decir cosas ya dichas y que tiene menos novedades que las matemáticas, no se podía privar de ahondar allí donde no hay profundidad alguna. El tema del día es el dinero.

A lo largo de mi vida he escuchado opiniones diversas, ocasionalmente, opuestas, que van desde: el dinero es una porquería y solo trae problemas, hasta: el dinero es la única buena noticia de este mundo. Yo, con la escasa capacidad intelectual que me caracteriza voy a intentar, con la ineficacia que me define, posicionar al dinero en el pedestal que le corresponda.

En primer lugar es necesario que acordemos que la felicidad es el objeto primero, y evaluaremos el dinero en función de la felicidad o no que proporcione. 

Cuando yo era niño, solíamos preguntarnos con mis amigos qué haríamos si encontrásemos la lámpara del genio al modo de Las mil y una noches y nos concediesen tres deseos. La mayoría pedía posesiones muebles e inmuebles de gran valor, otros, más espirituales, pedían paz, otros con intereses económicos, pero más astutos que los primeros, pedían infinita cantidad de dinero y los que yo considero los mejores solían pedir felicidad, porque en última instancia, los objetos de gran valor, la paz, el dinero infinito, los pedían para otorgarse bien estar, que en su estado máximo de desarrollo es lo que conocemos como felicidad. Todos los que encontraban la lámpara pedían cosas para su propia satisfacción, salvo los más generosos que pedían en el segundo o tercer deseo algún bien para otro, por supuesto no debemos olvidar a quienes con una actitud poco romántica y especuladora pedían en el primer deseo que les concedan infinitos deseos y a partir de este pedido el segundo y el tercero tienen la misma importancia que el setecientos veintitrés o el mil cuarenta. En definitiva, parece que en la categoría “Encuentro de lámparas mágicas” la mayoría de los deseos son de carácter económico. 

 El término dinero, viene del latín denarius que era la moneda utilizada en la antigua Roma y equivalía a diez asas, sin embargo, el dinero (con otro nombre) ya existía antes de la fundación de roma, de hecho se lo nombra en el Código de Hammurabi.  

Desde tiempos remotos muchos fueron los que se preguntaron acerca del dinero, de hecho, Aristóteles, en su Ética nicomaquea dividió la vida humana en tres clases a saber:

-LO QUE UNO ES.
-LO QUE UNO TIENE.
-LO QUE UNO REPRESENTA.

Dejando en el segundo aspecto a todas las posesiones materiales; en el primero la personalidad, comprendiendo a esta como: salud, fuerza, belleza, temperamento, carácter moral la inteligencia y su desarrollo, y por último la opinión que tengan de nosotros dividida en honor, categoría y gloria. Comprendiendo que generan más dicha las cosas que provienen del interior (Lo que uno es) que aquellas que tenemos o representamos, que además se pierden con mayor facilidad, precisamente por no sernos del todo propias.

También Epicuro dividió en tres partes, pero a las necesidades humanas a saber:

-NATURALES Y NECESARIAS.
-NATURALES, NO NECESARIAS.
-NI NATURALES, NI NECESARIAS.

Entendiendo que el primer ítem es para las necesidades alimenticias y de vestimentas básicas, el segundo para la satisfacción sexual y el tercero y último para el lujo y la abundancia.
   
Como ante última cita voy a referirme a Schopenhauer, que de hecho es quien citó a los autores anteriores en el Arte del buen vivir, y decía al respecto del dinero más o menos lo siguiente:

SE ACUSA CON FRECUENCIA A LOS HOMBRES DE FIJARSE MÁS QUE NADA EN EL DINERO Y DE AMARLO MÁS QUE A TODO EL MUNDO. SIN EMBARGO ES MUY NATURAL, CASI INEVITABLE, AMAR LO QUE, SEMEJANTE A UN PROTEO INFATIGABLE, ESTÁ DISPUESTO EN SOLO UN INSTANTE A TOMAR LA FORMA DEL OBJETO ACTUAL DE NUESTROS DESEOS TAN MÓVILES O DE NUESTRAS NECESIDADES TAN DIVERSAS.

Por supuesto, esto no es todo y esta sentencia no es definitiva. Schopenhauer se percató también de que lo ya obtenido deja de interesarnos y el deseo se aloja en lo que no tenemos, de manera tal que el dinero es útil como herramienta para obtener lo deseado y deja de serlo cuando se convierte en el deseo mismo. Cuando dejamos de usar el dinero como herramienta, para posicionar a este entre nuestros deseos, no existirá nunca una suma que nos deje absolutamente satisfechos. En pocas palabras, desear el dinero es la mejor manera de arruinar lo único que tiene de positivo el dinero.   

En la última cita de este post voy a referirme a mi tío gordo, Osvaldo Parizia, que solía contar un chiste que funcionaba a partir de invertir las palabras de la famosa frase:

Prefiero ser pobre y sano, que rico y enfermo, 

presentándola del siguiente modo: 

PREFIERO SER RICO Y SANO, QUE POBRE Y ENFERMO. 

El punto a analizar es que ciertamente es preferible ser sano y pobre, porque la pobreza, permite ciertos disfrutes, mientras se hayan alcanzado las premisas mínimas que plantea Epicuro (naturales y necesarias), se puede disfrutar del amor, de la amistad, del pensamiento, de la conversación, de la familia y de muchas otras análogas, por el contrario se hace muy difícil el goce de cualquier actividad, por más ostentosa, lujosa, pomposa y deseada que sea, si nos entra un bichito en el ojo, y fíjese, querido lector, que estoy poniendo como ejemplo una pérdida de salud insignificante y pasajera, ni hablar de la imposibilidad de goce que supone la pérdida de salud que es significativa e irreversible. Aun así es necesario recordar que no todo rico tiene un bicho en el ojo, y por esta razón deja de ser un chiste esto de RICO Y SANO, porque una cosa no quita necesariamente a la otra, del mismo modo que debemos admitir que la riqueza monetaria no es sinónimo de felicidad, tampoco podemos admitir lo contrario y si, debemos reconocer la potencia del dinero. 

Quisiera ahora, más o menos con los mismos fundamentos, desmentir aquella frase que dice: 

EL DINERO NO COMPRA LA FELICIDAD, PERO PREFIERO LLORAR EN UN FERRARI.

A diferencia del chiste primero, éste es menos veraz, porque el Ferrari supone algo ostentoso deseado, y a la vez la promesa de una gran dicha por haber alcanzado tal deseo, entonces, también representa la pérdida de una causa más de placer, quiero decir, si se es infeliz sin ser poseedor de un Ferrari, al menos tenemos la esperanza de que poseyendo uno podríamos alcanzar la felicidad, por el contrario llorar sobre un Ferrari supone un infeliz que debe depositar su deseo en cualquier otra cosa que no sea poseer un Ferrari. 

En definitiva y para terminar, este blog se declara defensor del amor, el pensamiento, la amistad y en general todas aquellas cosas que se cultivan de nuestra piel hacia adentro, sin embargo no cae en la tentación de repetir adocenados discursos, y si cae en la tentación de repetir los discursos de Epicuro y Schopenhauer con la torpeza e inocultable dicción de cotorra, tan característica de nuestros textos.