viernes, 15 de abril de 2016

Sobre la innecesaria extensión de algunas cosas

Hay quienes insisten en considerar que todo es relativo, sin embargo, quienes padecemos las nauseas que provocan los vaivenes de la incertidumbre nos arriesgamos una vez más a considerar ciertas algunas ideas, tal vez con la única intención de aferrarnos al mástil de este naufragio al que llamamos Monólogos de loro. 

Este viernes el loro parlanchín expone sobre la innecesaria extensión  de algunos sucesos. Sin más preámbulos comenzamos: 

Conversación de innecesaria extensión:

Persona A: ¿Quieres cenar esta noche en mi casa?
Persona B: Sí.
Persona A: ¿Realmente tienes ganas?
Persona B: Sí.
Persona A: No te escucho convencido.
Persona B: Sí, tengo ganas, por eso dije que sí quiero ir.
Persona A: Está bien, simplemente no quiero que lo hagas por compromiso.
Persona B: ¿No te parece que este diálogo se está tornando innecesariamente largo?
Persona A: ¿Vas a ir por compromiso?
Persona B: No.
Persona A: ¿Y entonces por qué vas?
Persona B: porque tengo ganas de ir
Persona A: Y entonces por qué no dijiste simplemente sí.
Persona B: Eso es lo que dije en un principio.
Persona A: si, pero lo dijiste con una entonación distinta.

Conversación de perfecta duración

Persona A: ¿Quieres cenar esta noche en mi casa?
Persona B: Sí. 
Persona A: Te espero a las veintiuna.
Persona B: De acuerdo. Saludos.
Persona A: Nos vemos.

(Habrán notado el cuidado que tuve llamando a los personajes A y B para que no sea yo considerado un sexista dejando expuestas a las que la mayoría de las veces representan al personaje A del primer ejemplo)

También existen geografías y edificios que parecen haber sido pensados con el único fin de generar y abrigar situaciones de innecesaria duración y  entre estas, las salas de espera, son las más evidentes; todas las esperas que superen los quince segundos son insoportables. Las paradas de bus, los aeropuertos, las estaciones de trenes, y otros lugares análogos, todos diseñados para propiciar espacios en los que se adoctrine a la gente para aceptar como normal la innecesaria duración de las esperas. Los creacionistas y casi todos los hombres de fe deben confesar que la vida misma es una espera para el reencuentro con el creador (o con su archienemigo…) inclusive yendo más a lo micro, sin pensar en la vida o el universo, puedo asegurar que a las Pampas argentinas dios las diseñó con la intención de que quien las recorra conozca el aburrimiento y se prepare para estas esperas que los ateos encuentran de innecesaria distancia.

Debemos admitir que muchos de nosotros somos funcionarios de esta corporación que proporciona instancias de innecesaria duración. Recuerdo al panadero de mi barrio, que para vender dos trozos de pan demoraba veinte minutos; dedicados los primeros diez a ponerse a corriente de toda la situación familiar y general del cliente y los últimos a la parsimoniosa manera de buscar el producto, envolverlo, cobrarlo y despedirse con la emoción que se despide a un amigo que vive a veinte mil quilómetros y tal vez no vuelva jamás al país. Mientras tanto el resto de los clientes sabe que tres compradores antes en la fila equivalen a una hora de espera. Y si bien no somos todos tan operantes en el oficio de alargar innecesariamente las esperas de los demás, como Don Juan el panadero de mi barrio, insisto, debemos admitir que muchos de nosotros somos ocasionalmente empleados de medio tiempo en dicha corporación.

No dejemos afuera de esta lista a los procesos judiciales. En Argentina, dichos procesos suceden con una lentitud tan portentosa que podríamos decretar a los empleados del poder judicial como los máximos exponentes, representantes inalcanzables, defensores insoslayables y procuradores por excelencia de situaciones de innecesaria duración.  A veces suelo imaginar que los jueces tienen vehículos muy lentos, que los abogados llegan montados en tortugas a sus oficinas y que todos los empleados del poder judicial tienen vértigo y tacofobia o viven en una dimensión paralela que transcurre en cámara lenta. Por supuesto siento pena por ellos, imagino lo difícil que se debe tornar la vida de una persona que opera con tal lentitud; imagínese querido lector lo difícil que debe ser conseguir novia, o jugar al futbol para un señor que para definir una operación laboral necesita entre cinco meses y ocho años de trabajo. Acostumbrados a estos dilatados tiempos imagino que someterán a sus familias a prorrogadas esperas, sus hijos los esperaran durante horas a la salida de la escuela y sus amigos dormirán siestas hasta que estos lleguen al desenlace de un chiste que comenzaron a relatar la semana pasada.

En la literatura, toda obra que nos disguste se tornará de innecesaria duración y por esta razón podríamos decir que es mala, sin embargo y como dijimos al comienzo, no todo es relativo y debemos considerar la posibilidad de que la obra sea mejor que nosotros y sencillamente no la estemos entendiendo. Nuestros gustos siempre están sujetos al nivel de entendimiento y raciocinio que tengamos. Tramposamente algunos poseedores de humildes niveles de entendimiento largan al mundo sus desatinadas críticas estéticas o simplemente quieren persuadir al mundo de que todo es relativo, y que el gusto personal es lo que define la nobleza de la obra, para todos ellos tengo dos cosas que decir: la primera es que el gusto no es siempre fraternal con la nobleza artística, y la segunda es que estoy seguro de que este texto se volvió una cosa de innecesaria duración.      


viernes, 8 de abril de 2016

Sobre los celos


El celo es un sentimiento penumbroso que surge tras ponerse en duda la idea de potestad y exclusividad que se tiene sobre una persona.

Dicen que el miedo no es tonto, y esto puede ser cierto porque ocasionalmente es útil para prevenir algunos males, contrariamente, los celos siempre son tontos y nunca reportan ninguna ayuda, principalmente, porque a diferencia del miedo los celos no pueden profetizar ningún mal venidero, solo pueden ayudarnos a comprobar una sospecha, y comprobar sospechas es llegar tarde. Veamos:

El amor nos somete a un estado muy particular en el que afloran la valentía, la alegría, el bienestar y el arrojo. Los enamorados suelen sentir que la persona que aman es muy especial y que es una verdadera fortuna que ese ser se haya fijado en ellos. Mientras todos estos nobles sentimientos danzan en el interior del enamorado, se suman al bailongo sentimental el temor, la razón y la especulación; es entonces cuando el enamorado deja de disfrutar y comienza a cuestionarse si realmente lo aman como él ama, si esa persona le pertenece, si acaso otro podrá descubrir lo maravillosa que es su pareja, en definitiva la inseguridad se hace presente y en lugar de trabajar sobre su inseguridad, el celoso, comienza a exigir insaciablemente a su pareja, primero un cambio de vestuario, luego que no salga con amigos y si quien está a su lado se dispone a conceder sus peticiones llegará a extremos insólitos.

Yo tenía una novia (aunque usted no lo crea) que tuvo que enfrentarse a la paradoja de los celos tras leer el mito de Procris y Céfalo, que relata más o menos lo siguiente:

Procris y Céfalo estaban felizmente casados y se amaban mutuamente. Una mañana el divino Céfalo fue a los bosques de Himeto a cazar y allí fue visto por la hermosa Eos (la aurora) que se enamoró inmediatamente e intentó seducirlo, sin embargo él no accedió a esta propuesta ya que su amor correspondía a su esposa Procris, fue entonces cuando la diosa Eos le dijo: Vuelve a los brazos de Procris, pero llegará el día que deplorarás haberla conocido. Con estas palabras instauró el miedo en Céfalo que comenzó a preguntarse si su mujer habría cumplido tan fielmente con su juramento de fidelidad. La inseguridad se apropió de él y decidió poner a prueba a su mujer, cambiando su aspecto e intentando seducirla haciéndose pasar por un extraño. Al llegar a Atenas intentó cautivar de muchas maneras a Procris, y esta se resistió a todos las propuestas, sin embargo, astuto y tenaz le ofreció regalos cada vez más valiosos, la persuadió de la muerte de su marido e insistió con tal vigor, que la determinación de Procris comenzó a debilitarse. Fue entonces cuando Céfalo confesó quien era y envuelto en ira acusó a su mujer alegando que estaría dispuesta a engañarlo. La historia sigue, pero hasta aquí es necesaria a los fines prácticos de este planteo. La enseñanza de este mito, al menos de esta primera parte, es que la inseguridad siempre es enemiga del buen juicio. También podemos pensar en una reacción bastante común en los celosos que es la de exigir a su pareja, que las ame y trate como alguna vez, sin comprender que los seres humanos estamos mutando todo el tiempo y es imposible tal cosa porque hoy no somos el mismo de ayer, ni somos hoy el que seremos mañana, es más, demasiado milagroso es el hecho de que la misma persona en sus diferentes mutaciones se haya enamorado y re enamorado de estos nuevos yo que nacen cada día (si es que esto es posible). En definitiva, Céfalo, sintió celos de sí mismo en vano. Tal vez debería haber festejado que su esposa amó al Céfalo que fue y casi comienza a amar al que es hoy.   
     
Hay una tensión constante entre inseguridad y amor, porque quien ama desea ser amado y sabe que su pareja puede enamorarse de otro (y no precisamente de otro él, sino de otro OTRO) entonces pone en marcha su plan de restricciones: No salgas con amigos, no planees actividades sin mí, no me sueltes la mano al caminar, no mires a la gente de la calle, no salgas a la calle, no salgas de esta habitación, no mires ese programa de televisión, no pienses en otros, sométete una lobotomía, pero que no te opere ese doctor que es demasiado mirón, mejor te hago la cirugía yo mismo. 
En definitiva la inseguridad es insaciable y la mejor manera de vincularse sanamente con celosos es simplemente no ceder a sus peticiones. En el caso de que le toque a usted ser el celoso, sepa que nada de lo que exija le va a traer soluciones, debemos en este punto recordar aquel pasaje de Las mil y una noches, en el que un poderoso genio tiene encerrada en una caja de cristal a una hermosísima mujer y ésta aun así se las ingenió para traicionarlo con cien hombres diferentes. Usted podría pensar que entonces los celos del genio eran consecuentes, yo diría que al genio le hubiese sido de mayor utilidad la astucia que los celos, y este tal vez sea el mensaje definitivo para el celoso: Si está enamorado y se quiere proteger porque sabe que sufriría mucho padeciendo un desengaño, es mejor que aprenda a diferenciar el amor de otros sentimientos, que se instruya sobre las relaciones humanas y el funcionamiento de la psiquis, porque créame, en el mundo hay muchos más cornudos celosos, que cornudos confiados.

viernes, 1 de abril de 2016

Sobre la angustia y la dicha en el trabajo

Acompáñeme en esta simple cuenta querido lector: 

Las semanas constan de siete días. En gran parte de los pueblos de occidente se dedican cinco o seis al trabajo y uno o dos al descanso, de manera tal, que quienes se sometan a esta forma de vida, durante el tiempo que se sometan, irán al trabajo el 71, 428 % de los días, y esto si solo trabajan cinco días, en el caso de que trabajen seis, el porcentaje sube hasta el 85, 714%. 

Esta es una maravillosa noticia considerando que el 28,571% o 14,285% de los días nos pertenecen completamente para hacer lo que nos plazca y luego podemos dedicar la mayoría de los días al trabajo que nos genera placer y nos dignifica. Por supuesto, la noticia se torna menos maravillosa si el trabajo que hacemos no nos genera placer ni nos dignifica de ninguna manera, es más, ponerse a corriente de estos porcentajes puede resultar tan poco maravilloso que bien podríamos considerarlo una horrorosa noticia. 

Aquellos que no tienen la dicha de trabajar en lo que aman tienden a colocar anestesias a estos números, suman vacaciones, y así mueven algún punto el porcentaje, además piensan que si bien es verdad que más del setenta por ciento de los días se los dedican al trabajo, no trabajan veinticuatro horas. Los más autocomplacientes sacan nuevos porcentajes contando horas de labor y horas de tiempo libre, a veces haciendo trampa y no sumando horas de traslado hasta el lugar de trabajo y restando los minutos otorgados para el refrigerio (como si viajar hasta el trabajo y comer allí inscribiesen como placeres de la vida.) 

Muchos siquiera saben si son felices haciendo su trabajo, otros directamente comprenden que el trabajo es un castigo y simplemente resisten. Si usted está en duda, aquí le dejo una pequeña encuesta que puede ser esclarecedora:

Su trabajo no le gusta si:

a) Alguna vez se imaginó a su jefe siendo atacado por pirañas, y luego de generar esta imagen mental se rió con el seño fruncido. 

b) Si siente que los lunes son los peores días y los viernes los mejores (en el caso de comenzar y terminar la semana laboral en otros días adecúe la pregunta) 

c) Si vuelve a su casa queriendo solamente dormir y siente que le duele todo el cuerpo incluyendo pelos y uñas.

Su trabajo le gusta si:

a) Alguna vez se quedó después de hora aunque su jefe ya se haya ido y no queden testigos de tal hazaña.

b) Puede reírse al menos una vez al día y no de pirañas u otras alimañas atacando a superiores.

c) Realmente considera que, el cepillo de dientes, la ropa interior y el papel higiénico tienen trabajos peores que el de usted.

Probablemente muchos de ustedes, están al tanto de aquella noticia que relata los suicidios de tres operarios chinos que decidieron tirarse por las ventanas. A razón de estas tragedias la empresa tuvo la decorosa idea de colocar redes anti suicidio a las afueras del edificio. Seguramente quienes están a cargo intuyen que a muchos de sus empleados no le genera gran felicidad realizar ese trabajo que ellos ofrecen. En definitiva, el trabajo es evidencia de una imperfección, los dioses no trabajan, nunca les hizo falta. Otorgando dicha o no, el trabajo siempre está evidenciando una carencia, una necesidad y una búsqueda, así que en definitiva el mejor de los trabajos no es perfecto. De cualquier manera no elija conformarse, no llegue al extremo de tener que ser contenido por redes anti suicidio.    


domingo, 27 de marzo de 2016

Sobre las revelaciones de los ignorantes


Nosotros, los ignorantes, creemos que inauguramos, descubrimos y creamos más que ningún otro ser. Por nuestra condición de ignorantes solemos sentimos genios y por sentirnos genios estamos condenados eternamente a la ignorancia.

Recuerdo cuando inventé el acorde Do mayor, fue la cálida mañana del 27 de Septiembre de 1999. Por supuesto, yo jamás lo hubiese llamado Do mayor, se me ocurrían nombres como: Gemido de libélula o destellos vernales. Durante el atardecer del 29 de Septiembre decidí hacer público mi descubrimiento armónico ante un selecto círculo de amigos y familiares. La expectativa generada era tan grande como mi ansiedad. Todo fue magnífico; posé mis manos sobre las cuerdas y toqué mi acorde con decisión, entonces todos quedaron en silencio hasta que uno de los presentes, con no menos conocimientos musicales que malicia, informó al resto que lo que yo estaba tocando no era ningún invento mío. Agregó que era un acorde utilizado desde hace poco más de medio milenio y que, para mayor desilusión mía, llevaba el insulso y flemático nombre de Do mayor. A partir de este suceso se me ocurrió pensar que, tal vez, muchísimos de mis geniales inventos podrían haber sido ya inventados sin que yo lo supiese.

En el mundo de la literatura esto sucede con insólita recurrencia, y creo que seguirá sucediendo. De vez en cuando aparecerá un escritor jactándose de haber desarrollado algo nuevo. Llegará con su obra como quien llega con un paquete de luz bajo el sobaco y tratará de persuadirnos de que él es el inventor de la novela policíaca. 
Para los artistas ignorantes, la novedad y la originalidad son las cumbres del arte. Por supuesto creemos esto porque nos consideramos creadores natos. Inclusive, si sospechamos que no estamos siendo lo suficientemente vanguardistas, somos capaces de generar obras carentes de toda razón.

 No creo que sea nocivo el hecho de que se escriban cosas ya escritas, lo llamativo es que la crítica premie con el adjetivo de novedoso a obras que definitivamente no lo son. Debemos recordar que la novedad no lo es todo y lejos está de ser la única pretensión artística. Contrariamente en el mundo de la ciencia ningún sentido tiene escribir y publicar un ensayo que diga cosas ya dichas, quiero decir: Qué aporte haría a la ciencia que yo escriba: Los seres vivos evolucionan. Aunque parezca difícil de creer todos los años se publican ensayos psicológicos con planteos sino idénticos al menos muy parecidos a otros ya divulgados y esto no solo se da en esta disciplina académica.

Es importante recordar además que algunos genios se concentraron tanto en sus investigaciones y producciones, y dedicaron tanto tiempo a eso, que llegaron a despreocuparse de las publicaciones. Mientras al señor Charles Darwin le demandó más de veinte años publicar El origen de las especies después de haberla terminado, yo ya publiqué esto que recién se me ocurre.  Muchos ya me dijeron que este texto ya fue escrito, que esta idea ya fue planteada y de hecho, en muchas ocasiones, en la mayoría, con mayor nobleza. Sin embargo, yo que no sé, ni me importa si es así, oficiando como ignorante indiferente, largo este monólogo al mundo con la intención de ser novedoso porque en definitiva a nosotros los ignorantes nada nos conmueve más que la sensación de revelar novedades al mundo.

viernes, 11 de marzo de 2016

Sobre la ansiedad


Podríamos decir que la ansiedad es un estado mental que se caracteriza por una inquietud, una gran insatisfacción con el presente por desear algo venidero que por supuesto puede no suceder, razón por la que no dudo en considerar a la inseguridad como un agravante.

Cuando comencé a sospechar que era ansioso hice terapia, al finalizar la primera jornada le pregunté a mi psicóloga si era o no ansioso y ella me dijo que tendría los resultados para la semana próxima, entonces yo saqué mi pistola e inmediatamente confirmó el diagnóstico. Por supuesto no la volví a ver, no soy lo suficientemente paciente como para hacer un tratamiento por tiempo indeterminado y con resultados inciertos.

Tiempo después, padeciendo por la ineficacia de la psicología me incliné por la filosofía, fue en este momento cuando descubrí a Platón, Descartes y Schopenhauer, y fue precisamente durante las circunspectas lecturas de estos autores cuando logré superar al menos momentáneamente mi ansiedad. Me convertí en un estudiante de filosofía y como cualquier estudiante no pude reprimir demasiado tiempo mis ganas de escribir. En esta instancia la ansiedad volvió a emerger, ya ansioso por publicar un ensayo sobre la crítica del juicio de Kant, copié el texto y solo agregué al final: Estoy de acuerdo.

A esa altura de mi vida ya cargaba mis espaldas con la desilusión psico-filosófica y me preguntaba por qué razón disciplinas tan nobles y tan pobladas de altos pensamientos no podían ayudarme a superar mi ansiedad. En ese preciso momento; cuando me quedé sin ideas y apagué mi mente, surgió, creo yo, de mis entrañas, una nueva sensación: la fe. Comencé entonces a averiguar sobre religión y decidí que por cuestiones culturales y de comodidad la que más me convenía era el cristianismo y más estrictamente el catolicismo, ya que la ciudad estaba superpoblada de recintos religiosos de esta especie y la mayoría muy bien ubicados. Así descubrí las enseñanzas de Jesús, conocí a los santos y la paz se adueñó de mi hasta que descubrí a san Expedito (patrono de las causas urgentes). Imagínese querido lector, y trate de ponerse en mi lugar: Para qué le pediría a determinada virgen que me ayude a superar mi ansiedad, sabiendo que San Expedito ofrecía servicio express. Así comencé una alocada carrera de plegarías; pedía algo e inmediatamente después del amén miraba el reloj para calcular la demora de cada pedido y la regularidad con que se cumpliesen mis deseos.

Por alguna razón, la religión tampoco funcionó y la desesperación se adueñó de mí. Con el poco aliento que me quedaba traté de pensar qué era la ansiedad y así reflexioné que hay situaciones en las que es inevitable ser ansioso, por ejemplo contar días para salir de la cárcel, mirarse al espejo cada tres minutos esperando los resultados  del régimen alimentario que comenzamos hace media hora, o llegar al fin de la lectura de una novela (Jamás lean el final y después comiencen por el principio porque al segundo capítulo la dejan), pedir la cuenta antes de terminar la cena, y otras situaciones análogas. Además descubrí que los ansiosos viven rápido, el tiempo se les escapa de las manos, y todos sabemos qué sucede cuando se nos acaba el tiempo, llega la innombrable, la de huesuda cara, la del harapo negro, la de la rudimentaria cortadora de césped, usted ya sabe querido lector.

Finalmente sentí una extraña sensación, una dualidad que se da cuando tenemos que enfrentar algo que no nos gusta, como por ejemplo, ir al dentista, situación por la que queremos transitar cuanto antes para librarnos de ella, y a esa ansiedad se le superpone un sentimiento que nos dice: ojalá no llegue nunca este momento. Aplicando la misma fórmula descubrí que la ansiedad nos hace correr hacia el futuro y en nuestro futuro más lejano nos espera la muerte, en definitiva: al pesar de la ansiedad le sumé el pesar de la muerte; o sea que posicioné mi vida como un instante entre dos tópicos insoportables, el aburrido presente y la desaparición física del futuro, pero, como menos por menos es más, ahora soy mucho menos ansioso simplemente porque sé que el futuro es peor, llegado ese momento siquiera voy a poder ser ansioso. 




viernes, 4 de marzo de 2016

Sobre la memoria:


Recuerdo que en mi infancia solía olvidarme de muchas cosas con asombrosa facilidad, más de una vez, dentro del supermercado, y de cara al carnicero, solíamos quedarnos algunos segundos sosteniendo nuestras miradas, él posiblemente creyendo que yo estaba intentando recordar que corte quería, yo preguntándome que hacía en la carnicería del supermercado. Con el paso de los años mi memoria se fue ampliando aunque muy levemente; ya para la adolescencia podía recordar hasta tres artículos, aun siendo estos de diferentes secciones, con combinaciones tan poco lógicas como perfumería, carnicería y artículos del hogar. Este desarrollo de mi memoria fue significativo pero, aun así deficiente; más de una vez le adjudiqué frases de Shakespeare a Maradona, inclusive una vez, le otorgué una de Nietzsche a Jesús (Creo que mi mente los asocia, según recuerdo, porque ambos usaban bigote).   

Vale aclarar que existen diferentes categorías de memoria, inclusive pareciera que hay una buena y una mala memoria. Solía pensar que tenía buena memoria quien podía recordar absolutamente todo, por ejemplo: en que butaca se sentó la vigesimoséptima vez que viajó en bus.  Por el contario, mala memoria sería la del que ya hace tres minutos que está en la carnicería preguntándose qué hace en ese lugar mirándose a los ojos con un señor repleto de manchas de sangre que sostiene un cuchillo tan grande. Sin embargo y a pesar de que parece ser que estas son las dos clases de memoria, puedo asegurar (si mal no recuerdo) que a los dieciocho años (si mal no recuerdo) me pregunté por qué no podía olvidar a aquella que tanto quise y cómo podía ser que recordar algo ahora fuese sinónimo de mal,  de memoria mala. Recuerdo también a un profesor de historia que tenía poca memoria y era muy orgulloso; cuando alguien le preguntaba algo y él no recordaba la respuesta se inventaba una, a razón de este doble padecer del señor profesor Sánchez yo insistí durante muchos años en que Colón había llegado a las costas de América en el año 1942, lo que indica que memorizar cosas mal aprendidas también es causante de memoria mala.  A partir de este conflicto planteé la siguiente fórmula:

Dos tipos  de mala memoria, La clásica: querer recordar algo y no poder, y la realmente mala, querer olvidar y no poder.

Con esta fórmula dejé de llamar mala memoria al hecho de olvidar y comencé a sentirme un virtuoso del olvido, de hecho siquiera recuerdo quien era la que no podía olvidar y tanto quise porque ya la olvidé; como dijo Martín Lutero: el pasado está lleno de cosas que no recuerdo. Aunque pensándolo bien creo que esa frase la dijo Martin Luther King, (Creo que mi mente los asocia porque ambos eran alemanes). Si me pongo a hacer memoria me parece que esa frase no la dijo ninguno de los dos, así que voy a operar como todos los que no recordamos bien quien dice una u otra cosa apropiándome de la frase, si, así es, esa frase es mía, es más, voy a agregar algunas cosas más al respecto en el párrafo siguiente.

Si mi memoria me acompaña, en el párrafo anterior dije claramente que la memoria opera de forma sorprendente, hasta con cierto excentricismo, y esto se evidencia cuando nos trae a la mente recuerdos retocados repletos de encantos que la vivencia en tiempo presente de la misma anécdota no tenía, la memoria nos trae siempre información falsa, nos hace creer que la niñez fue hermosa, que nuestras ex parejas eran adorables,  y por sobre todas las cosas nos cuenta una historia feliz de nuestra vida cuando en realidad éramos los mismos hastiados de la densa realidad que somos hoy.

De cualquier modo no recuerdo porqué comencé a contarle todo esto señor carnicero, lo único que recuerdo es que quería un kilo de, de, de… No me lo va a creer pero me olvidé, espéreme aquí que yo voy a volver a mi casa a preguntarle a mi mamá y vuelvo a charlar con usted o a comprarle carne, que aunque parezcan ser cosas muy distintas, a quién le importa que hagamos, si lo mismo me voy a olvidar y usted también.  

viernes, 26 de febrero de 2016

Sobre la paternidad

Los seres vivos somos poseedores de una pulsión muy particular que nos invita a reproducirnos. Esta precaria y pujante orden de la naturaleza acompaña a los humanos desde la antesala de nuestra madurez sexual, en muchos casos, hasta el fin de nuestros días. No tenemos potestad sobre esta pulsión, el dictamen viene engarzado a la existencia, y lo único que podemos hacer, en una instancia posterior, es intentar maniobrar con la razón, que considerando las teorías evolucionistas no nos acompañó desde siempre y es más bien una conquista obtenida tras algunos millones de años de evolución. Así se genera una tensión entre nuestra naturaleza que nos invita a procrear y nuestra razón que nos invita a salir de fiesta todos los fines de semana procurando divertirnos a más no poder y considerando el embarazo como el peor castigo de un soltero empedernido.  Para aliviar esa tensión muchos eligen aproximar la razón a la naturaleza y piensan en la paternidad como la opción más inteligente, y así muchos confunden la orden de la naturaleza con un deseo y una elucubración propia; en otro sentido y haciendo una analogía, sería como cuando tu madre te manda todos los días a hacer la cama y después de veinte años de recibir esta orden con inalterable puntualidad comienzas a creer que armas la cama por placer y decisión propia y esto es un error ya que todos sabemos que la segunda pulsión inalterable de todos los seres humanos es la de no armar la cama.

Según lo antes expuesto debemos considerar que cuando la gente no razona mucho le da riendas sueltas a la naturaleza y tiene hijos, y cuando razona, también los tiene porque tampoco es prudente desobedecer al animal con el que conviviremos todos los días. Recordemos que nuestro cuerpo es la jaula que comparten el irascible primate y la delicada y vulnerable razón.

Son muy pocos los insubordinados que optan por no engendrar, entre estos se encuentran muchas veces algunos genios, pecaminosos libertinos, oficiantes de alguna religión, o por supuesto la combinación de todas las anteriores como es el caso, según dicen algunos historiadores chismosos, del señor Antonio Lucio Vivaldi que podría haber compartido algo más que devoción religiosa y amor por la música con las dos monjitas que lo acompañaron algunos de sus años.  

Volviendo a quienes deciden o aceptan ser padres (como usted prefiera querido lector) siento la necesidad de denunciar un error clásico que expongo a continuación:

Muchos hombres y mujeres sienten que tienen que desarrollarse en todos los aspectos posibles y para esto se disponen a estudiar, aprender o desarrollar determinadas nociones.  Algunos consiguen títulos académicos, trabajos redituables y erudición entre otros. En cuanto a sus hijos desean lo mejor y para conseguirlo trabajan incansablemente restando tiempo compartido con los descendientes, pero obteniendo dinero que afortunadamente alcanza para contratar a un Baby Sister que estará gran parte de las horas  del día con los retoños transmitiendo su visión del mundo y sus saberes. En este punto debemos considerar que no todos los cuidadores de niños gozan de la clase de erudición y moral que nosotros deseamos transmitirles a nuestros hijos, pero quien los puede culpar, ellos no decidieron ser padres, fue usted el que así lo decidió o lo aceptó (como usted prefiera querido lector). No todos tienen la fortuna de Alejandro Magno que tuvo como Nana al señor Aristóteles. Aquí debemos considerar que el papi de Alejando, el señor Filipo II de Macedonia fue lo suficientemente sabio como para delegar la educación de su hijo a alguien más brillante que él o que simplemente tuvo una suerte bárbara al dar con un doméstico tan eficiente y cumplidor.  

Llegamos al punto en el que debemos considerar que la orden de la naturaleza es la reproducción pero no la paternidad, la primera se encuentra en el territorio del instinto, la segunda en el de la razón.  Alguien podría decir: Yo acepto tener hijos, lo que no quiero es ser padre, pero yo jamás escuché a nadie pronunciar esa razonable y horrible declaración. Aun así, si usted está en duda respecto de la paternidad, huya de este Blog que no es capaz de engendrar nada bueno y es un bastardo criado por execrables nanas.