viernes, 23 de octubre de 2015

Sobre el ansia de llamar infinito a todo lo recóndito


Esa pusilánime costumbre de llamar infinito a todo lo recóndito solo genera confusión. Yo no sé si debe a la vana necesidad de llenar de misticismo a la vida, o si se trata simplemente de un análisis típico de quien padece miopía intelectual. 

La palabra infinito, suele ser usada con liviandad poética y muy pocas veces con rigor científico, o filosófico. Los jóvenes dicen a sus pretendientes amarlas hasta el infinito, (afirmación que no significa nada y por ende es una promesa de poca monta muy bien recibida por quienes poco saben de matemática y gramática). Buzz Lightyear afirma: "¡To infinity, and beyond!" y se niega a creer que es un juguete dentro de la habitación de un niño.

Es comprensible que haya gente con poco entusiasmo para medir cosas inmensamente grandes, lo que no es comprensible es que se consideren reales los preceptos arrojados por estos perezosos que exponen propuestas demasiado poéticas para ser científicas y aburridamente científicas para ser poéticas. Con todo esto no quiero entrar en el tema de la posibilidad o no del infinito, simplemente quiero decir: No hay infinita cantidad de células en nuestro cuerpo, ni infinita cantidad de estrellas, siquiera es infinita la pereza del que lanza estas afirmaciones al mundo, solo es poseedor de la pereza necesaria para, no estudiar medicina ni astronomía, y por supuesto tampoco tiene suficiente ánimo como para buscar investigaciones ajenas. 

En el caso de que no se trate de pereza, la otra razón que se me ocurre para comprender por qué hay tanta gente intentando convencernos de la infinitud de cosas que son finitas, es porque las consideran mejor así, sin comprender el error que esto supone, voy a citar una frase típica: SUS OJOS SON POSEEDORES DE INFINITA BELLEZA. Bien, esta frase a mi me genera más desencanto que embelesamiento, porque si la INFINITA belleza de sus ojos debe ser percibida por mi limitada visión, no me alcanzarían todas las horas de mi finita vida para conocer una belleza de esta condición y esto señores, es muy frustrante.  Del mismo modo nunca falta el que en una reunión intenta caer en gracia comentando que según unos científicos el universo podría ser infinito, y considerando que ésta sea una buena noticia espera la aprobación de sus interlocutores que en el mejor de los casos serán indiferentes a esta información y solo levantarán uno de sus hombros y abrirán los ojos grandes como intentando demostrar interés por algo que les importa un bledo o les resulta en partes iguales estúpido y aterrador. 
 
Los más osados lanzan frases como: TODO SERÍA MEJOR DE SER INFINITO. Y si bien yo estoy de acuerdo en que no me quiero morir, se me ocurren, rápidamente, algunas actividades que son mejores siendo finitas, y que inclusive se tornan más divertidas hacia la culminación, como por ejemplo la final de la copa del mundo. 

Lo infinito es ante todo lo eternamente inconcluso, imagínese usted, querido lector, los horrores que esto supone. Saber por ejemplo, que los números tienen más proyección que cualquier contador y que hasta los contables más laboriosos y precoces, aun contando a gran velocidad desde su más tierna infancia hasta el día de su muerte, solo podrían pronunciar una infinitésima parte de los infinitos números. 

En el caso de la música damos con una obra atormentadora que es de carácter infinito y con una letra que hace alusión a esta desgracia eterna en la que se describe a unos paquidermos que se balancean sobre una poderosísima tela de araña. Los obstinados que caen en la trampa de comenzar a cantarla y son demasiado escépticos como para aceptar su infinitud mueren cantándola, inclusive aquellos que hacen trampa y comienzan desde números grandísimos.   


viernes, 16 de octubre de 2015

Sobre los juegos y juguetes de antes y los de ahora

Con esto me refiero a los cambios que se dieron desde mediados del siglo XX hasta la actualidad en lo que respecta a los juegos y principalmente a los juguetes, considerando el desarrollo tecnológico entre otros.

Existe la idea de que los juguetes de antes estimulaban en mayor medida la creatividad y yo sospecho que no es así, al menos no en todos los casos. A ver.

En primea instancia es recomendable intentar recordar con la máxima cantidad de detalle posible como jugábamos en la infancia. Yo recuerdo que había diferentes clases de jugadores, desde los peores que con una mano movían sistemáticamente un autito hacia adelante y hacia atrás, hasta los más astutos jugadores que pasaban días enteros construyendo pistas, nombrando a los conductores de dichos autos, emulando sonidos de motores con la boca, generando colisiones extraordinarias que no interrumpían la carrera y cientos de situaciones más. Sin embargo del mismo modo que había grandes guionistas de historias, con quienes tuve el inmenso placer de jugar a los autitos, también había niños que siquiera querían moverse del lugar para desplazar su auto y tampoco se tomaban el trabajo de hacer el sonido que merece una frenada abrupta. A partir de esto, caigo en la cuenta de que había mejores y peores jugadores de autitos y que la creatividad no nos era pertinente a todos y pongo en tela de juicio cual es el desarrollo creativo de alguien que mueve incontables veces un autito hacia adelante y hacia atrás.

Aprovecho el espacio para confesarme; yo he jugado a las muñecas con mis primas, y si bien yo era el titiritero de un muñeco, aun así, este juego entraría dentro de lo que llamamos jugar a las muñecas por que la proporción de mujeres, con sus respectivas muñecas, era significativamente mayor y las situaciones planteadas eran sumamente femeninas, de otra manera John Rambo jamás hubiese tenido como misión hacer dormir al bebé, preparar la comidita y pasear con su esposa en la plaza, y por más Barbie que fuese ésta, Rambo jamás se mostraría en público haciendo cosas semejantes.

Esta confesión me da pié para recordar que entre las niñas también había distintas categorías de jugadoras, que iban desde las que peinaban hasta la calvicie a sus muñecas, aun a sabiendas que luego del peinado mil veintiocho ésta luce como quien padece tricotilomanía, hasta las que hacían vivir historias de amor increíbles a sus muñecas, que afrontaban desencuentros amorosos, reponiéndose inmediatamente y luego de eso se enamoraban de un sanguinario y musculoso soldado que a pesar de su oficio y condición no tenía problemas de preparar la comida, hacer dormir al bebé y pasear por la plaza.
En oposición a esto, hoy los niños juegan carreras en consolas de videojuegos con guiones que van desde pésimos y parecen estar compuestos por el que ayer movía hacia adelante y hacia atrás un autito, hasta muy buenos, que evidentemente son desarrollados por gentes más perfeccionistas.
No son pocos los que consideran que los juegos de antes no eran violentos. Esto es un error, no podíamos ver a los soldaditos de plomo disparar y esparcir sangre enemiga, como si se ve hoy en los videojuegos, pero estos muñequitos representaban profesionales de la guerra al fin de cuentas y cuando jugábamos con ellos, nos imaginábamos muchas de las cosas que muestran los juegos de hoy, en definitiva, podríamos decir que los juegos de antes no eran tan explícitos. Recuerdo una ocasión en la que mi amigo Maximiliano y yo jugábamos a los soldaditos en el patio de mi casa. Luego de dividirnos la misma cantidad de tropas comenzamos el combate, que ciertamente fue complicado y lejos de respetar los convenios de Ginebra, la situación llegó a tal punto que cuando solo nos quedamos con un sobreviviente cada uno, lo persuadí para que estalle una mina terrestre y el juego termine en empate con pérdidas totales en ambos bandos. Él aceptó y luego del desenlace en el que parecíamos compartir el pesar de la derrota, yo saqué un soldadito que había escondido debajo de una piedra y dije: Gané, vos no mataste a éste que estuvo escondido y a salvo durante toda la batalla. A los ojos de mi madre que nos miraba de vez en cuando desde la cocina, ésta fue una jornada de sanos juegos infantiles, pero en nuestras mentes resonaba la tragedia de la guerra y la traición. Éste fue un triunfo sin sabor a victoria y aun espero que la vida me dé la oportunidad de volver a jugar a los soldaditos con mi amigo Maximiliano para cambiar el desenlace de esta contienda o al menos para contarle que el sobreviviente se sintió cobarde y fue infeliz desde ese momento.

Alguna vez he escuchado el siguiente planteo: Cuando yo era niño se jugaba con palitos y tierra ¡Esos eran juguetes mejores que todos los de hoy, que son pura tecnología! Este postulado evidencia dos aspectos: el primero es que el bueno es el que usa el palo y no el palo. No podemos considerar mejor a un juguete solo por ser rudimentario, ni podemos negar el genio de alguien que es capaz de crear grandes aventuras solamente con palitos y tierra, pero insisto, esto no es propio de todos los niños, y el otro aspecto a considerar es que la ausencia de complejidades no evidencia superioridad, ni estimula necesariamente la creatividad; un palo no estimula la creatividad más que una consola de videojuegos solo por ser simple. Un libro con sus páginas en blanco no estimula más la creatividad que Hamlet. Usted podría decirme, el punto es que en los videojuegos está todo dicho y en un libro de Shakespeare también, mientras que uno debe convertir con su imaginación un palito en una vara mágica con poderes extraordinarios y del mismo modo, un libro con sus páginas en blanco nos obliga a inventar nuestra propia historia. Sin embargo debo decir, que los creativos ven mucho más allá de la historia que se les muestra en el videojuego, de hecho suelen completar las deficiencias del guión con ideas propias y parecen ver cosas que no están y ni hablar de los creativos que leen Shakespeare, que ocasionalmente al terminar la lectura salen disparados a buscar libros con hojas en blanco y se disponen a escribir, y al menos no cometen la torpeza de creer que son los primeros en hacer una historia sobre un tío traicionero y un fantasma que solicita que se haga justicia por su muerte.

Por último, en defensa de los juegos de ahora, he notado que son más unisex y se permiten niños en juegos que eran vistos como exclusivos de niñas y también a viceversa, algo que resulta sumamente positivo considerando que cuando yo era niño, el juego unisex por excelencia era el doctor y en otra terrible confesión, debo decir que, tal vez por tímido, tal vez por azar o capricho del destino, jamás lo jugué.


viernes, 9 de octubre de 2015

Sobre traidores, traicionados, desconfiados y confiados

En primera instancia voy a intentar establecer diferencias entre cada uno de los tópicos, inclusive describiendo distintos niveles o grados en algunos de ellos. Veamos:

La traición implica ante todo la falta a una regla. Suele ser un acto de falsía en el que ocasionalmente el traidor oculta su fechoría. Ahora bien, aunque resulte difícil ser razonable cuando se ha padecido una traición, me ofrezco en esta ocasión como ayudante para intentar establecer diferencias entre las múltiples clases de traidores, para que no vayan a parar, injustamente, todos al mismo círculo. En principio sabemos que hay traiciones más leves y entre éstas ubicaremos a aquellas traiciones que menos dolor nos ocasionen y principalmente menos mala intención denoten en el traidor. De ahí podemos deducir que hay traidores de distintos grados. Planteo algunos ejemplos:

Es un traidor menor aquel que una vez en la vida cometió la torpeza de traicionar y por este error no podemos ponerlo en el mismo estante del traidor profesional que traiciona casi cotidianamente. Es una torpeza creer que una vez que alguien traiciona estamos ante un traidor compulsivo, del mismo modo que no podemos considerar redimido completamente al traidor profesional, porque en una ocasión se privó de traicionar a pesar de haber podido. A partir de este planteo se me viene a la cabeza una conversación entre dos amigos en la que, uno que es infiel por excelencia recibía las acusaciones del otro, y luego de escuchar con la cabeza gacha, el acusado respondió: ¡Vos no engañas a tu mujer porque hasta el Cuco tiene mejores opciones! Si le damos crédito a este planteo podríamos decir que algunos feos podrían ser traidores ineficientes. Los feos lidiamos eternamente con la incógnita que supone no saber si somos fieles por convicción o por incapacidad.

Del traicionado no podemos decir mucho, solo que dependerá de su capacidad de perdón, olvido o desinterés por el traidor y otras consideraciones más, perdonar o no. La mayoría de las veces la gente prefiere ocupar el lugar del traidor antes que el del traicionado, aunque confiesa públicamente lo opuesto por razones que no me detendré a explicar. El punto es que se suele considerar que el traidor la pasa bien y si nadie se entera, fue feliz, hizo daño y no pagó las consecuencias, cuando en realidad no es así, él ya se enteró de que es un traidor y como si esto fuese poco, ocasionalmente tiene un cómplice para constatarlo. Se suele escuchar en defensa de los infieles la siguiente frase: “No es infiel, simplemente no puede dejar de ser fiel a sí mismo”. Esto es mentira, el infiel, ante todo es infiel a sí mismo, se miente y les miente a los demás, alguien que siempre es fiel a su persona le diría a su mujer: Yo que no puedo dejar de serme fiel, voy a vivir un romance apasionado con tu prima y vuelvo a las nueve en punto. Sin embargo sabe que su mujer muy probablemente sea fiel a sí misma también y le diga: Yo, que tampoco puedo dejar de serme fiel, no me opongo a que hagas lo que quieras con la alimaña de mi prima, pero quiero el divorcio, y no te preocupes por la hora. El infiel, tiene cosas que ocultar y todos sabemos lo enojoso que se nos hace ocultar cosas y lo lindo que es ser fiel a sí mismo y hacer lo que nos place, como nos place y cuando nos place. En definitiva en la infidelidad, que es una categoría de la traición, no hay plenitud. (Son muy pocos los cornudos que se privan de repetir una y otra vez esta frase con actitud de superado en todo tipo de reuniones: EN LA INFIDELIDAD, NO HAY PLENITUD, por desgracia ocasionalmente un astuto y malicioso infiel presente en alguna fiesta podría manifestar: a veces tampoco hay plenitud en la fidelidad, y una vez dicho esto, se acabó la fiesta para todos)

Del mismo modo que, erróneamente, se considera que es mejor ser traidor que traicionado, muchos creen que es mejor ser desconfiado que confiado, esto es un error grosero, y voy a intentar explicar por qué.

El confiado es alguien que cree y por defecto posee seguridad (o viceversa, aun no me decido), sella pactos y se imagina en el futuro a cada una de las partes cumpliendo con sus deberes, razón por la que el impacto y la desilusión ante una maniobra impía de la otra parte, es potencialmente más fuerte y dolorosa para éste que para el desconfiado que ya suponía que esto podía suceder. Sin embargo, el confiado vive relajado, en paz y concentrado en sus cosas hasta que le llega la traición, la cual padece intensamente pero durante menos tiempo y por supuesto a veces no llega nunca. Sin embargo, la mayoría opta por ser desconfiado y perseguir a sus socios, husmear el celular de su pareja, y averiguar conversaciones de amigos para intentar anticiparse a una traición y así “librarse del pesar”. Lo que no piensa el desconfiado es que con este proceder se está procurando un constante dolor, soportable, pero doloroso y constante al fin, sumándole el riesgo que se corre por desconfiar de alguien que posiblemente merecía confianza, malgastando horas jugando a Sherlok Holmes.

En definitiva, este blog prefiere:

-A las mujeres que se siguen enamorando aun después de ser engañadas por sus maridos y primas.

-A los niños que a pesar de dormir relajadamente por acostarse en la cama de sus padres, a la mañana siguiente amanecen solos y en su habitación, y aun así cada noche se concilian con sus progenitores.   
  
-A los hombres que les preguntan una sola vez a sus novias a donde van y no las hostigan con infinitos cuestionarios sospechando que no van realmente a la peluquería y se están yendo a un motel con Brad Pitt.  
  

-A los perros, que siquiera gruñen a los ladrones y solo ladran a las ruedas de todos los autos que vieron en su vida.  

Y ante todo, a los feos y feas infieles, que aunque siendo poseedores de un deleznable hábito, al menos sirven para desacreditar todo lo antes dicho en este blog.    

viernes, 2 de octubre de 2015

Sobre los corderos disfrazados de lobo

Con este título me quiero referir a los cobardes que intentan mostrarse temerarios solo en las circunstancias en las que no es posible demostrar su “valor”. 


En primera instancia es necesario recordar que un temerario es alguien que posee valor pero no razón, es imprudente y sus hazañas no son tal cosa, ya que carentes de toda razón son más bien locuras. Aun así, mucho peor que el temerario, es el cordero disfrazado de lobo o el falso temerario, que es un personaje que a continuación voy a describir aunque seguro que usted ya conoce.



Este trastorno se da principalmente en hombres que, siendo demasiado cobardes como para actuar con temeridad, e infinitamente necios para asumir su condición, optan por montar un personaje que amenaza ser capaz de someterse a grandes peligros, solo por saber que no los va a afrontar nunca. Para terminar de figurarnos podemos recordar al chapulín colorado de Roberto Gómez Bolaños, diciendo: “Sí lo hago, sí lo hago, sí lo hago” ante una situación de riesgo. 

El punto es que Chespirito los caricaturó con la ternura típica de todos sus personajes, aunque en la realidad, los corderos disfrazados de lobo son desde molestos hasta insufribles.

Al atravesar la adolescencia, que es comúnmente cuando comienzan los síntomas, el cordero disfrazado de lobo, dice haber enfrentado a miles de profesores en contiendas que nadie tuvo el privilegio de presenciar, parece no importarle nada, fuma de manera estrepitosa y cuando sus compañeros hablan de mujeres hermosas, él relata miles de jergas compartidas con ellas, cuando alguien pide pruebas, por alguna extraña razón éstas nunca están disponibles. A simple vista son aventureros alocados y ocasionalmente pueden relatar sempiternas historias en las que quedan expuestas sus infinitas virtudes, sin embargo algo nos hace sospechar al oírlos, porque son rotundamente vigorosos al relatar, pero perezosos a más no poder en sus acciones.


Parece ser que todas las butacas de automóvil están tapizadas con cuero de lobo, razón por la que gran parte de los conductores, por más ovinos que sean sus temperamentos, son contaminados de esta supuesta temeridad y desde sus vehículos no se privan de arrojar, desde injurias de todo tipo y amenazas, hasta consejos básicos de seguridad vial, pero siempre recordándoles a los otros conductores que sus mujeres son infieles exhibiendo una simple seña en la que retraen sobre la palma de la mano los dedos anular y mayor dejando descansar el pulgar sobre estos y manteniendo particularmente erguidos los dedos índice y meñique. Todo este espectáculo dantesco prospera porque, aun el vehículo más lento, es más rápido que cualquier peatón, inclusive si el transeúnte injuriado es el mismísimo Usain Bolt. Cuando ambos interlocutores se encuentran en automóvil jamás se afrentan si están próximos. A partir de esta situación surge la teoría de que a mayor distancia con el agraviado, más temeridad, y a menor distancia, mayor discreción, inclusive, a menos de dos metros actúan con sumisión.



Un cordero disfrazado de lobo no deja pasar ninguna oportunidad de decir piropos y menos aun si está acompañado de media docena de amigos, que comúnmente festejan las aberrantes frases que éste vocifera. Sabemos que el piropo surge con la intención de elogiar alguna nota de belleza poseída por alguien desconocido, resulta particularmente enojoso recibir un piropo de alguien con quien nos frecuentamos a diario, principalmente porque el piropo es un grito desesperado del que sabe que no puede ser amado por aquel a quien está elogiando, posiblemente por ésta razón, el cordero disfrazado de lobo, haciendo gala de su supuesto arrojo, cambió la función del piropo y en vez de intentar halagar a quien sabe que no lo va a amar nunca, lo somete a pesares, con piropos que no son otra cosa que ofensas rimadas. Sin embargo, si por alguna razón, quien recibe esta injuria, da media vuelta y se aproxima al poetizo, notará que se hacen menos visibles sus dientes de lobo y quedan expuestas sus erizadas y blanquecinas lanas. 



Cuando alguien relata una historia heroica o conflictiva, el cordero disfrazado de lobo inmediatamente comenta como él hubiese mejorado el desempeño del héroe, y al escucharlo algunos tienen la sensación de que Leónidas y los trecientos espartanos hubiesen logrado mejores resultados en las Termópilas estado comandados por esta mendaz ovejita ornamentada. En términos generales son capaces de duplicar, triplicar, quintuplicar todas las hazañas conocidas, al menos en sus relatos. Además son capaces de rechazar cualquier soborno, por más ostentoso que sea, mientras no le sea realmente ofrecido; suelen pronunciar frases como: Yo a esa mujer, no la toco ni por un millón de dólares y por supuesto cumplen con su palabra comúnmente por dos razones; porque la mujer de la que hablan ya los rechazó antes a ellos y porque nadie les ofrecería un millón de dólares por ninguna razón.



Por último y a modo de consejo, en el caso de que usted desee mantenerse distante de las ovejas disfrazadas de lobo, es importante que no lea nada publicado en blogs, y si habitualmente lee blogs, no se los tome demasiado en serio, y si los toma demasiado en serio, no los comente, y si los comenta, no se enzarce en discusiones vanas, ciberberrinches y toda esa clase de demostraciones de vigor típica de aquellos que desde la comodidad de sus hogares pretenden abrigar sus sienes con Laureles, sin antes transpirar ni una sola gota, pensar, ni exponerse a riesgos mayores.


Sin otro particular, los dejo hasta el próximo viernes, día en el que, desde la comodidad de mi hogar, luciré una vez más mi feroz dentadura postiza.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Sobre los snob en el arte

Siempre he puesto mi mirada en los grandes hombres de arte: Sófocles, Shakespeare, Miguel Ángel, Mozart y otros treinta o cuarenta genios de tallas similares. Los he mirado y perseguido casi con obsesión, sin embargo ¿cómo puede una mente rudimentaria reconocer a las mentes altas? Solo se me ocurren dos respuestas: O hice trampa y alguien me dictó quienes fueron los grandes hombres, o existe una bondad en las obras de estas magnas personas que invita por igual al disfrute a hombres de diversos grados de ilustración. Quizá por vanidad, quizá por amor, prefiero aceptar la segunda respuesta y con esta aceptación, probablemente, viene engarzada una indulgencia al Snob que vive en mí para que haga los destrozos propios de su aturdida esencia. 

Aclaremos…

En primer lugar invito a que deje de leer aquel que considera que todo es arte, porque un mingitorio es ante todo un mingitorio y por más que se lo exponga en un museo de Nueva York y se lo titule Fountain y haya sido colocado ahí por señores con nombres tan elegantes como R. Mutt o Marcel Duchamp, no deja de ser un inodoro con privilegios, (Aunque jamás imaginé que tantos como para merecer ser expuesto en un museo) Y si bien es generador de placer me parece muy extraño que haya gente que confunda el placer estético con el de evacuar.

En segundo lugar quiero aclarar que no todos somos iguales, y no estoy hablando de que haya diversidad, sino diferencia. Lo lamento por el perejil que escribe estas líneas pero, lo vamos a usar de ejemplo para compararlo con otro escritor por dos razones: 

1) Por ser un blanco fácil, escribe bastante mal.
2) Para no ofender a otros de su calaña, que aunque famosos escriben tan mal como éste. 

La comparación será realizada entre Borges y el que escribe este blog. Antes de que comience el balance usted podría alegar en defensa del más débil (O sea el que escribe): No es justo porque Borges nació en una época en la que la literatura tenía más relevancia que la que tiene hoy y además su padre era gran lector, incluso escritor, y Jorge Luis viajó por el mundo desde temprana edad y eso ayudó a su desarrollo intelectual, etc. Y así podría usted alegar muchas otras formas del ser que tienen más que ver con accidentes que con substancias. (Para comprender mejor esto recomiendo una aproximación a los textos de Aristóteles). De hecho, me valgo de los planteos aristotélicos para desacreditar este intento, porque no son los accidentes los que definen el genio de Borges ni la impericia de quien escribe, no es el lugar o el tiempo o la acción lo que definen la substancia.   

En definitiva, no es porque son dos clases distintas de escritores o por pertenecer a distintos momentos históricos y toda esa clase de eventualidades que Borges es mejor, sino porque Borges posee un genio que el que escribe no. Ahora bien, usted podría decir: ¿De qué depende que uno posea el genio y otro no? Encontrará diferentes respuestas, algunos científicos dirán que se trata de una composición química, otros tendrán justificaciones neurológicas, algunos psicólogos pensaran en la infancia, algunas gentes de fe dirán que se trata de una virtud concedida por dios y todos estos planteos aunque con justificaciones diferentes u opuestas aceptan la diferencia y jamás pronunciarían frases como: “Todo depende” “¿Y quien decide que es bueno y que es malo?” 

Si evaluamos algunos sucesos o accidentes de la vida de cada uno de los medidos en esta ocasión podemos afirmar que:

De Borges se sospecha que pudo haber sido el hombre que más leyó, mientras del otro se sabe que no puede terminar con el primer tomo de las mil y una noches.

Borges leía en varios idiomas y el otro apenas habla la lengua materna y con grandes dificultades.

Borges comprendía las estéticas literarias propias de cada período y el otro se sigue preguntando si período y periodo significan cosas distintas. 

¿Se entiende a donde me dirijo? No somos diversos, somos diferentes, lo que implica que hay mejores y peores, y por ser peor que Borges no voy a comenzar un régimen anti yo, pero tampoco voy a caer en la tentadora vanidad de autoproclamarme diverso de Borges en vez de sencillamente peor que él, tampoco en la ridícula idea de sentirme bien porque yo hago más rico el flan casero que él, porque para un aspirante a literato, esto, más que un consuelo, es un castigo.   Este texto intenta aclarar que Miguel Ángel fue artista y Marcel Duchamp también, pero el David es mejor que el Mingitorio. (Lo lamento Marcel, pero es así, saludos a la familia)

En resumen:

1) No todo es arte.
2) Hay mejores y peores.

Ahora bien, usted puede ser insoportablemente terco y preguntarme: ¿Y cómo sabe usted quien es mejor y quien es peor si en materia de arte lo único que importa es el gusto o disgusto que uno sienta por el objeto de arte?
Entonces yo que soy insufriblemente terco le respondo: En el arte, al igual que en el futbol hay reglas, medidas y normas por las que distinguimos a los mejores de los peores y si piensa usted lo contrario recomiéndeme como jugador del Barcelona, así cobro como Messi por estar yo fumando un cigarro sentado en mitad de la cancha, y cuando alguien me reclame algo por mi pésimo desempeño defiéndame diciendo que en materia de futbol lo que importa no es ganar, sino jugar y toda esa sartenada de frases compuestas y difundidas por Duchamp y sus amigos. (Perdón Marcel, saludos)

Volvamos a los Snob que son quienes nos convocan, son precisamente ellos los culpables de que los autores de las bibliotecas de babel y de los monólogos de loro ocupen ocasionalmente el mismo pedestal, y los ubican ahí porque no entienden las reglas, medidas y normas, pero no se privan de opinar y repiten como loro que Beethoven es un genio y cuando les preguntan si su genialidad se debe a la novedosa incorporación de coros en su sinfonía, si se debe a la asombrosa orquestación o al trabajo armónico que realiza,  no saben que decir, razón por la que quedan expuestos los snob y todo vuelve a la normalidad. Se hace posible diferenciar perejiles de los que realmente saben y quedan completamente expuestos los escritores de monólogos de loro. 

P/D: Si encuentra insuficiente este análisis, o plagado de errores y carente de todo sentido, sean tenidos en cuenta todos estos tropiezos para sostener con más fuerza aun la idea de que hay mejores y peores, Borges seguro lo hubiese hecho mejor. 


      

viernes, 18 de septiembre de 2015

Sobre cómo elegir una carrera:

Uno de los momentos más traumáticos que atraviesan muchos adolescentes empieza cuando terminan sus estudios medios y deben elegir una carrera universitaria. Se trata de una situación tan estresante que algunos jóvenes optan por desentenderse de los estudios superiores y entenderse con bármanes y otros jóvenes que pululan en esos establecimientos de vida nocturna en los que se sirven bebidas, comúnmente alcohólicas, sobre mostradores alargados, recintos que muchos insisten en llamar universidades de la calle, aunque yo los llamaría sin temor a equivocarme, bares.   

Hay muchas posibilidades y son muchas las situaciones, sin embargo voy a intentar comentar algunas de las más típicas:

Comenzaré por aquellos jóvenes que no tienen potestad sobre su vida y sus padres se toman el trabajo de decidir por ellos, o bien, porque suponen que sus hijos son lo suficientemente imbéciles como para saber que quieren, o bien, porque conocen las leyes del mercado e imaginan con que profesión obtendrán más dinero, o bien, por tradición, frustración personal y otros similares. Un caso muy recurrente es aquel en el que el padre no favorece alguna actividad concretamente pero castiga la inactividad, esta clase de padres suelen pronunciar frases como: Acá, en casa, haciendo nada, no te quiero, si vas a estudiar, te apoyo, y si no, te vas a trabajar, no me importa qué clase de trabajo, pero te vas a trabajar. (Estos padres muchas veces son trabajadores honrados que jamás leyeron el Tao Te Ching)

Encontramos otro gran grupo de jóvenes que ingresan a una carrera con la única intención de no separarse de sus amigos de la escuela y por esta razón se someten a las decisiones académicas de sus afines, o los que eligen carreras según la proporción de mujeres que haya, (casi todos los jóvenes promiscuos saben que nutrición es una carrera superpoblada de jovencitas atentas a las proporciones) también encontramos a muchísimos jóvenes que son capaces de someterse a cualquier carrera con tal de dar la contra a los deseos de sus padres. (Existen muchos padres hippies con hijos especialistas en marketing y muchísimos artistas plásticos hijos de exitosos financieros). En esto de las decisiones hay muchas posibilidades, inclusive las más ridículas como las de aquellos que eligen carrera según la cercanía de la universidad (Y con esto no me refiero a un aspirante a una carrera muy exclusiva que solamente se dicta a veinte mil treinta y ocho kilómetros de su hogar, sino a aquellos perezosos que eligen una carrera  porque sus aulas están doscientos metros más cerca de su casa que las de la otra carrera que le gustaba). No nos olvidemos de aquellos, que ansiosos por comenzar una vida adulta cuanto antes, eligen cualquier carrera con tal de que esté lejos de su casa, para verse obligados a vivir solos en un departamento que estará libre de gastos los primeros meses, y en algunos casos será mantenido por los padres hasta que el estudiante logre terminar la carrera (Esta última fórmula es la más elegida por los jóvenes que quieren entrar al mundo adulto sin demasiadas responsabilidades y bien los podríamos llamar: Adultos de papá).

Se suele decir que debemos pensar en lo que queremos lograr y focalizarnos para que se haga realidad. Bueno, esto es una estúpida mentira.  Es más lógico comenzar por evaluar cuál es el potencial que poseemos en ese área que queremos fortalecer con el estudio. Y con esto quiero decir, no todos podemos ser miss universo por más que vayamos a la mejor escuela de modelaje y estudiemos para todos los exámenes.

A la hora de elegir carrera, me dijeron: Es muy fácil, solo debes imaginarte en el futuro trabajando y disfrutando de ese trabajo. Fue un pésimo consejo porque me di cuenta de que en el futuro quería trabajar de Angus Young, y dudo que me aceptaran en AC/DC siendo que ellos tenían al Angus Young primero y original, así que pensé que con ser estrella de rock me alcanzaba, para lograrlo le pedí un consejo a mi papá y él me dijo con su típico optimismo: ¡¡¡si te lo propones, trabajas duro y estudias mucho, lo vas a lograr!!! Malas noticias papá, me lo propuse, trabajé duro, y terminé con el cuarto promedio de uno de los conservatorios de música más importantes del país y no soy estrella de rock. Para que les sirva de ejemplo voy a describir segundo a segundo el abrasamiento de mi carrera de rocker y el resurgimiento cual fénix sin norte, atolondrado en direcciones impensadas:

En principio cometí el error de no leer una biografía de alguna estrella de rock para seguir sus pasos (aunque, esto en cierto modo fue fortuito, porque la mayoría son drogadictos perezosos que tocan más o menos bien un instrumento y tienen una banda regular que toca en lugares horribles hasta que de repente aparece una mega discográfica que invierte millones en publicidad y los convierte en estrellas de rock y esto solo le sucede al 0.0000001% de estos aspirantes a rockstar). Desconociendo yo de la importancia de la pereza como ladrillo fundante en la carrera de la mayoría de las estrellas de rock, me dispuse a estudiar en una escuela de música que se fundó con el propósito de preparar músicos profesionales para ejecutar y de algún modo conservar, las obras de música académica europea compuesta entre los siglos XV y XIX. Después de un año de estudiar me di cuenta que mis canciones favoritas de la adolescencia eran una porquería y que durante casi una década había sido estafado escuchando canciones compuestas con la misma cadencia armónica y con melodías compuestas solamente a partir de la escala pentatónica, que es una escala que consta de cinco notas, ¿Se entiende? Me pasé toda la pubertad escuchando cinco notas, CINCO NOTAS. Y ocasionalmente desafinadas. ¿Cómo es posible desafinar si te pasaste la vida entera cantando esas CINCO notas? La respuesta es simple: dedicándote mucho más tiempo a leer biografías de señores que a los 40 años usan pantalones de cuero y consumiendo estupefacientes en vez de estudiar técnicas vocales. En fin, la cuestión es que siguiendo el consejo de mi padre, en no más de un año me di cuenta de que odiaba la idea de ser estrella de rock y prefería la música de Mozart. Una vez que llegué al tercer año me di cuenta de que no podía componer como Mozart y decidí hacer un profesorado, razón por la cual hoy enseño la materia música en una escuela a adolescentes de los cuales algunos insisten con ser estrellas de rock y a niños pequeños, que afortunadamente solo insisten en la sana costumbre de comer sus propias secreciones nasales. En pocas palabras, quería ser estrella de rock y terminé siendo maestro jardinero solo por seguir el consejo de mi papá (¡Saludos papá!) lo que muchos no saben es que en el alma de toda maestra jardinera hay un Angus Young, pero más aún, el enérgico Angus es un potencial maestro de sala.

Todo esto fue escrito para advertirte que si necesitas investigar, o leer ensayos sobre cómo elegir una carrera, o peor aún, completar un test en el que te preguntan si preferís la carne completamente cocida o jugosa y en base a tu respuesta, los diseñadores del test  descubren que debes estudiar paleontología, estás en problemas. Yo diría que si en casi dos décadas de vida no lograste descubrir que es lo que quieres hacer, es muy probable que elijas mal. Yo no necesité hacer ningún test porque desde los doce años supe que quería ser estrella de rock o maestro jardinero, que es más o menos lo mismo, y por supuesto escritor de trivialidades sin sentido en mis ratos libres.      


viernes, 11 de septiembre de 2015

Sobre la vanidad

Los sinsabores de la vanidad.

Para hacernos vanidosos necesitamos primero sazonar tramposamente nuestras destrezas para que simulen tener el sabor de las virtudes, y una vez que estas simples destrezas sean consideradas virtudes, debemos decir que tienen un peso mayor del que realmente tienen; el último ingrediente, y muy necesario, es creerse que estas “virtudes” son ambrosía, pero nosotros no podemos gritarlo a los cuatro vientos, pues, nuestra infinita humildad no lo permite.
 
Evidentemente es una receta fácil, conocida y muy difundida a lo largo y ancho del planeta.
Voy a intentar aconsejarlo, querido lector, para que deje de preparar esta receta empalagosa que solamente es disfrutada por los paladares menos astutos, de los que conviene mantenerse alejado.
En primera instancia le advierto que muchos psicólogos son amantes de esta receta y la difunden casi como si se tratase de una exquisitez cuando en realidad es repugnante, algunos de ellos la utilizan como antídoto para la depresión, una idea muy particular porque, lejos de procurar la cura, así, se obtiene un depresivo con picos de euforia en los que deja de considerarse un perdedor para considerarse un campeón en tan solo una sesión. O sea que proponen una locura distinta para contrarrestar la locura que ya trae el paciente. Observe este relato:

Esta mañana tomo el colectivo para ir a comprar un libro y se sienta a mi lado un tipo que con mirada obtusa se fija en mí, después de unos incómodos minutos me comenta que está muy mal, que su vida es un fiasco, que es un dibujante pésimo y que está yendo a hacer terapia, yo ante tal situación hago una leve genuflexión que indica compasión y comprensión (aunque realmente estoy maldiciendo y pensando si apagué o no la luz del baño y elucubrando a la vez en como pensar en la luz del baño y hacer cara de interés por lo que relata mi accidental compañero de viaje). Finalmente llego a destino, camino hasta la librería, Compro mi libro y  me dirijo a la parada del colectivo para volver a mi casa, con la mala suerte de que el tipo éste se para a mi lado, me sonríe y me dice: ¡Qué casualidad volver a encontrarlo! Me fue muy bien en la terapia, la vida es hermosa, voy a organizar una exposición, mi terapeuta sospecha que soy un genio incomprendido, de hecho le ofrezco como agradecimiento por haberme escuchado tan respetuosamente uno de mis dibujos.

Es entonces, cuando miro el dibujo, que me llevo la sorpresa, de que su terapeuta no sabe nada de arte o es un mentiroso y le hizo creer que tiene talento cuando en realidad es pésimo, lo peor de todo esto es que tarde o temprano mi accidental compañero de viaje va a tener otro instante de lucidez en el que caiga en la cuenta de que es pésimo dibujante y ahora en vez de pensar en dedicarse a otra cosa, va a despotricar contra el universo desde el pedestal de los genios incomprendidos, pedestal que desde luego no le pertenece.

Le conté mi anécdota a un terapeuta amigo y me dijo que yo no pensaba en que tal vez le guste dibujar y por esta sola razón valía la pena que lo haga, y yo le dije a mi amigo que si le gustase dibujar y solo eso, se tendría que reconfortar en el propio hecho de dibujar, de manera tal que no necesitaría hacer terapia porque estaría feliz por dibujar y su terapeuta no tendría por qué convencerlo de que es un genio; se podría haber limitado solamente a decirle: Mire, si usted quiere dibujar hágalo y punto. Pero en cambio lo apañó y persuadió de que es un gran artista.

Después de pensar mucho en esto, inclusive después de escribirlo, recordé la verdadera historia: yo no iba sentado en el colectivo a comprar un libro, yo estaba yendo a terapia y me senté al lado de un hombre que pensaba vaya a saber en qué cosa, pero respondía a mi indagatoria mirada con sonrisas complacientes, pensé que podría ser un pintor exitoso y no un escritor fracasado que le paga a su terapeuta para que lo persuada de ser un genio incomprendido. Después de todo esto me dije: Escribir es lo que me gusta.   Luego de despotricar contra el universo desde el pedestal de los genios incomprendidos me dispuse a dar consejos para no hacer cosas vanidosas. Así que aquí van mis consejos definitivos:  

-Si sabe tocar la guitarra no lo diga, ni se apresure a tocar, y más comprendiendo que es el cumpleaños de su tía y no una sala de conciertos.

-No diga ser pésimo en algo en lo que cree ser genial y en lo que seguro es mediocre, esperando que el círculo de primates que lo rodea lo reivindique.

-Si se mata en el gimnasio espere por lo menos dos horas más en sacarse la remera.

-Si es una mujer linda no se depile el bozo, si es muy linda, además no se bañe y si es hermosa escriba con errores de ortografía y sea grosera. 

-Si está por comprar un reloj caro, no lo compre, si lo compró no lo use y si no lo usa póngase en contacto conmigo, todos saben que soy vanidoso y no me avergüenzo por ello, al menos desde que hago terapia con Cacho Porolo (¡Saludos Cacho!).


-Y si es genial haga lo que quiera, porque no es vanidad hablar de una virtud que se posee, y de cualquier modo, si usted (y con esto me refiero solo al genio) teme ser menospreciado por sus comentarios, le recuerdo que todos odiamos a los virtuosos salvo otros virtuosos. Los odiamos por que los que no somos virtuosos raramente podemos comprender al virtuoso y lo consideramos vanidoso, razón por la cual haga lo que haga, siempre estará solo por ser poseedor de una virtud.