viernes, 25 de septiembre de 2015

Sobre los snob en el arte

Siempre he puesto mi mirada en los grandes hombres de arte: Sófocles, Shakespeare, Miguel Ángel, Mozart y otros treinta o cuarenta genios de tallas similares. Los he mirado y perseguido casi con obsesión, sin embargo ¿cómo puede una mente rudimentaria reconocer a las mentes altas? Solo se me ocurren dos respuestas: O hice trampa y alguien me dictó quienes fueron los grandes hombres, o existe una bondad en las obras de estas magnas personas que invita por igual al disfrute a hombres de diversos grados de ilustración. Quizá por vanidad, quizá por amor, prefiero aceptar la segunda respuesta y con esta aceptación, probablemente, viene engarzada una indulgencia al Snob que vive en mí para que haga los destrozos propios de su aturdida esencia. 

Aclaremos…

En primer lugar invito a que deje de leer aquel que considera que todo es arte, porque un mingitorio es ante todo un mingitorio y por más que se lo exponga en un museo de Nueva York y se lo titule Fountain y haya sido colocado ahí por señores con nombres tan elegantes como R. Mutt o Marcel Duchamp, no deja de ser un inodoro con privilegios, (Aunque jamás imaginé que tantos como para merecer ser expuesto en un museo) Y si bien es generador de placer me parece muy extraño que haya gente que confunda el placer estético con el de evacuar.

En segundo lugar quiero aclarar que no todos somos iguales, y no estoy hablando de que haya diversidad, sino diferencia. Lo lamento por el perejil que escribe estas líneas pero, lo vamos a usar de ejemplo para compararlo con otro escritor por dos razones: 

1) Por ser un blanco fácil, escribe bastante mal.
2) Para no ofender a otros de su calaña, que aunque famosos escriben tan mal como éste. 

La comparación será realizada entre Borges y el que escribe este blog. Antes de que comience el balance usted podría alegar en defensa del más débil (O sea el que escribe): No es justo porque Borges nació en una época en la que la literatura tenía más relevancia que la que tiene hoy y además su padre era gran lector, incluso escritor, y Jorge Luis viajó por el mundo desde temprana edad y eso ayudó a su desarrollo intelectual, etc. Y así podría usted alegar muchas otras formas del ser que tienen más que ver con accidentes que con substancias. (Para comprender mejor esto recomiendo una aproximación a los textos de Aristóteles). De hecho, me valgo de los planteos aristotélicos para desacreditar este intento, porque no son los accidentes los que definen el genio de Borges ni la impericia de quien escribe, no es el lugar o el tiempo o la acción lo que definen la substancia.   

En definitiva, no es porque son dos clases distintas de escritores o por pertenecer a distintos momentos históricos y toda esa clase de eventualidades que Borges es mejor, sino porque Borges posee un genio que el que escribe no. Ahora bien, usted podría decir: ¿De qué depende que uno posea el genio y otro no? Encontrará diferentes respuestas, algunos científicos dirán que se trata de una composición química, otros tendrán justificaciones neurológicas, algunos psicólogos pensaran en la infancia, algunas gentes de fe dirán que se trata de una virtud concedida por dios y todos estos planteos aunque con justificaciones diferentes u opuestas aceptan la diferencia y jamás pronunciarían frases como: “Todo depende” “¿Y quien decide que es bueno y que es malo?” 

Si evaluamos algunos sucesos o accidentes de la vida de cada uno de los medidos en esta ocasión podemos afirmar que:

De Borges se sospecha que pudo haber sido el hombre que más leyó, mientras del otro se sabe que no puede terminar con el primer tomo de las mil y una noches.

Borges leía en varios idiomas y el otro apenas habla la lengua materna y con grandes dificultades.

Borges comprendía las estéticas literarias propias de cada período y el otro se sigue preguntando si período y periodo significan cosas distintas. 

¿Se entiende a donde me dirijo? No somos diversos, somos diferentes, lo que implica que hay mejores y peores, y por ser peor que Borges no voy a comenzar un régimen anti yo, pero tampoco voy a caer en la tentadora vanidad de autoproclamarme diverso de Borges en vez de sencillamente peor que él, tampoco en la ridícula idea de sentirme bien porque yo hago más rico el flan casero que él, porque para un aspirante a literato, esto, más que un consuelo, es un castigo.   Este texto intenta aclarar que Miguel Ángel fue artista y Marcel Duchamp también, pero el David es mejor que el Mingitorio. (Lo lamento Marcel, pero es así, saludos a la familia)

En resumen:

1) No todo es arte.
2) Hay mejores y peores.

Ahora bien, usted puede ser insoportablemente terco y preguntarme: ¿Y cómo sabe usted quien es mejor y quien es peor si en materia de arte lo único que importa es el gusto o disgusto que uno sienta por el objeto de arte?
Entonces yo que soy insufriblemente terco le respondo: En el arte, al igual que en el futbol hay reglas, medidas y normas por las que distinguimos a los mejores de los peores y si piensa usted lo contrario recomiéndeme como jugador del Barcelona, así cobro como Messi por estar yo fumando un cigarro sentado en mitad de la cancha, y cuando alguien me reclame algo por mi pésimo desempeño defiéndame diciendo que en materia de futbol lo que importa no es ganar, sino jugar y toda esa sartenada de frases compuestas y difundidas por Duchamp y sus amigos. (Perdón Marcel, saludos)

Volvamos a los Snob que son quienes nos convocan, son precisamente ellos los culpables de que los autores de las bibliotecas de babel y de los monólogos de loro ocupen ocasionalmente el mismo pedestal, y los ubican ahí porque no entienden las reglas, medidas y normas, pero no se privan de opinar y repiten como loro que Beethoven es un genio y cuando les preguntan si su genialidad se debe a la novedosa incorporación de coros en su sinfonía, si se debe a la asombrosa orquestación o al trabajo armónico que realiza,  no saben que decir, razón por la que quedan expuestos los snob y todo vuelve a la normalidad. Se hace posible diferenciar perejiles de los que realmente saben y quedan completamente expuestos los escritores de monólogos de loro. 

P/D: Si encuentra insuficiente este análisis, o plagado de errores y carente de todo sentido, sean tenidos en cuenta todos estos tropiezos para sostener con más fuerza aun la idea de que hay mejores y peores, Borges seguro lo hubiese hecho mejor. 


      

viernes, 18 de septiembre de 2015

Sobre cómo elegir una carrera:

Uno de los momentos más traumáticos que atraviesan muchos adolescentes empieza cuando terminan sus estudios medios y deben elegir una carrera universitaria. Se trata de una situación tan estresante que algunos jóvenes optan por desentenderse de los estudios superiores y entenderse con bármanes y otros jóvenes que pululan en esos establecimientos de vida nocturna en los que se sirven bebidas, comúnmente alcohólicas, sobre mostradores alargados, recintos que muchos insisten en llamar universidades de la calle, aunque yo los llamaría sin temor a equivocarme, bares.   

Hay muchas posibilidades y son muchas las situaciones, sin embargo voy a intentar comentar algunas de las más típicas:

Comenzaré por aquellos jóvenes que no tienen potestad sobre su vida y sus padres se toman el trabajo de decidir por ellos, o bien, porque suponen que sus hijos son lo suficientemente imbéciles como para saber que quieren, o bien, porque conocen las leyes del mercado e imaginan con que profesión obtendrán más dinero, o bien, por tradición, frustración personal y otros similares. Un caso muy recurrente es aquel en el que el padre no favorece alguna actividad concretamente pero castiga la inactividad, esta clase de padres suelen pronunciar frases como: Acá, en casa, haciendo nada, no te quiero, si vas a estudiar, te apoyo, y si no, te vas a trabajar, no me importa qué clase de trabajo, pero te vas a trabajar. (Estos padres muchas veces son trabajadores honrados que jamás leyeron el Tao Te Ching)

Encontramos otro gran grupo de jóvenes que ingresan a una carrera con la única intención de no separarse de sus amigos de la escuela y por esta razón se someten a las decisiones académicas de sus afines, o los que eligen carreras según la proporción de mujeres que haya, (casi todos los jóvenes promiscuos saben que nutrición es una carrera superpoblada de jovencitas atentas a las proporciones) también encontramos a muchísimos jóvenes que son capaces de someterse a cualquier carrera con tal de dar la contra a los deseos de sus padres. (Existen muchos padres hippies con hijos especialistas en marketing y muchísimos artistas plásticos hijos de exitosos financieros). En esto de las decisiones hay muchas posibilidades, inclusive las más ridículas como las de aquellos que eligen carrera según la cercanía de la universidad (Y con esto no me refiero a un aspirante a una carrera muy exclusiva que solamente se dicta a veinte mil treinta y ocho kilómetros de su hogar, sino a aquellos perezosos que eligen una carrera  porque sus aulas están doscientos metros más cerca de su casa que las de la otra carrera que le gustaba). No nos olvidemos de aquellos, que ansiosos por comenzar una vida adulta cuanto antes, eligen cualquier carrera con tal de que esté lejos de su casa, para verse obligados a vivir solos en un departamento que estará libre de gastos los primeros meses, y en algunos casos será mantenido por los padres hasta que el estudiante logre terminar la carrera (Esta última fórmula es la más elegida por los jóvenes que quieren entrar al mundo adulto sin demasiadas responsabilidades y bien los podríamos llamar: Adultos de papá).

Se suele decir que debemos pensar en lo que queremos lograr y focalizarnos para que se haga realidad. Bueno, esto es una estúpida mentira.  Es más lógico comenzar por evaluar cuál es el potencial que poseemos en ese área que queremos fortalecer con el estudio. Y con esto quiero decir, no todos podemos ser miss universo por más que vayamos a la mejor escuela de modelaje y estudiemos para todos los exámenes.

A la hora de elegir carrera, me dijeron: Es muy fácil, solo debes imaginarte en el futuro trabajando y disfrutando de ese trabajo. Fue un pésimo consejo porque me di cuenta de que en el futuro quería trabajar de Angus Young, y dudo que me aceptaran en AC/DC siendo que ellos tenían al Angus Young primero y original, así que pensé que con ser estrella de rock me alcanzaba, para lograrlo le pedí un consejo a mi papá y él me dijo con su típico optimismo: ¡¡¡si te lo propones, trabajas duro y estudias mucho, lo vas a lograr!!! Malas noticias papá, me lo propuse, trabajé duro, y terminé con el cuarto promedio de uno de los conservatorios de música más importantes del país y no soy estrella de rock. Para que les sirva de ejemplo voy a describir segundo a segundo el abrasamiento de mi carrera de rocker y el resurgimiento cual fénix sin norte, atolondrado en direcciones impensadas:

En principio cometí el error de no leer una biografía de alguna estrella de rock para seguir sus pasos (aunque, esto en cierto modo fue fortuito, porque la mayoría son drogadictos perezosos que tocan más o menos bien un instrumento y tienen una banda regular que toca en lugares horribles hasta que de repente aparece una mega discográfica que invierte millones en publicidad y los convierte en estrellas de rock y esto solo le sucede al 0.0000001% de estos aspirantes a rockstar). Desconociendo yo de la importancia de la pereza como ladrillo fundante en la carrera de la mayoría de las estrellas de rock, me dispuse a estudiar en una escuela de música que se fundó con el propósito de preparar músicos profesionales para ejecutar y de algún modo conservar, las obras de música académica europea compuesta entre los siglos XV y XIX. Después de un año de estudiar me di cuenta que mis canciones favoritas de la adolescencia eran una porquería y que durante casi una década había sido estafado escuchando canciones compuestas con la misma cadencia armónica y con melodías compuestas solamente a partir de la escala pentatónica, que es una escala que consta de cinco notas, ¿Se entiende? Me pasé toda la pubertad escuchando cinco notas, CINCO NOTAS. Y ocasionalmente desafinadas. ¿Cómo es posible desafinar si te pasaste la vida entera cantando esas CINCO notas? La respuesta es simple: dedicándote mucho más tiempo a leer biografías de señores que a los 40 años usan pantalones de cuero y consumiendo estupefacientes en vez de estudiar técnicas vocales. En fin, la cuestión es que siguiendo el consejo de mi padre, en no más de un año me di cuenta de que odiaba la idea de ser estrella de rock y prefería la música de Mozart. Una vez que llegué al tercer año me di cuenta de que no podía componer como Mozart y decidí hacer un profesorado, razón por la cual hoy enseño la materia música en una escuela a adolescentes de los cuales algunos insisten con ser estrellas de rock y a niños pequeños, que afortunadamente solo insisten en la sana costumbre de comer sus propias secreciones nasales. En pocas palabras, quería ser estrella de rock y terminé siendo maestro jardinero solo por seguir el consejo de mi papá (¡Saludos papá!) lo que muchos no saben es que en el alma de toda maestra jardinera hay un Angus Young, pero más aún, el enérgico Angus es un potencial maestro de sala.

Todo esto fue escrito para advertirte que si necesitas investigar, o leer ensayos sobre cómo elegir una carrera, o peor aún, completar un test en el que te preguntan si preferís la carne completamente cocida o jugosa y en base a tu respuesta, los diseñadores del test  descubren que debes estudiar paleontología, estás en problemas. Yo diría que si en casi dos décadas de vida no lograste descubrir que es lo que quieres hacer, es muy probable que elijas mal. Yo no necesité hacer ningún test porque desde los doce años supe que quería ser estrella de rock o maestro jardinero, que es más o menos lo mismo, y por supuesto escritor de trivialidades sin sentido en mis ratos libres.      


viernes, 11 de septiembre de 2015

Sobre la vanidad

Los sinsabores de la vanidad.

Para hacernos vanidosos necesitamos primero sazonar tramposamente nuestras destrezas para que simulen tener el sabor de las virtudes, y una vez que estas simples destrezas sean consideradas virtudes, debemos decir que tienen un peso mayor del que realmente tienen; el último ingrediente, y muy necesario, es creerse que estas “virtudes” son ambrosía, pero nosotros no podemos gritarlo a los cuatro vientos, pues, nuestra infinita humildad no lo permite.
 
Evidentemente es una receta fácil, conocida y muy difundida a lo largo y ancho del planeta.
Voy a intentar aconsejarlo, querido lector, para que deje de preparar esta receta empalagosa que solamente es disfrutada por los paladares menos astutos, de los que conviene mantenerse alejado.
En primera instancia le advierto que muchos psicólogos son amantes de esta receta y la difunden casi como si se tratase de una exquisitez cuando en realidad es repugnante, algunos de ellos la utilizan como antídoto para la depresión, una idea muy particular porque, lejos de procurar la cura, así, se obtiene un depresivo con picos de euforia en los que deja de considerarse un perdedor para considerarse un campeón en tan solo una sesión. O sea que proponen una locura distinta para contrarrestar la locura que ya trae el paciente. Observe este relato:

Esta mañana tomo el colectivo para ir a comprar un libro y se sienta a mi lado un tipo que con mirada obtusa se fija en mí, después de unos incómodos minutos me comenta que está muy mal, que su vida es un fiasco, que es un dibujante pésimo y que está yendo a hacer terapia, yo ante tal situación hago una leve genuflexión que indica compasión y comprensión (aunque realmente estoy maldiciendo y pensando si apagué o no la luz del baño y elucubrando a la vez en como pensar en la luz del baño y hacer cara de interés por lo que relata mi accidental compañero de viaje). Finalmente llego a destino, camino hasta la librería, Compro mi libro y  me dirijo a la parada del colectivo para volver a mi casa, con la mala suerte de que el tipo éste se para a mi lado, me sonríe y me dice: ¡Qué casualidad volver a encontrarlo! Me fue muy bien en la terapia, la vida es hermosa, voy a organizar una exposición, mi terapeuta sospecha que soy un genio incomprendido, de hecho le ofrezco como agradecimiento por haberme escuchado tan respetuosamente uno de mis dibujos.

Es entonces, cuando miro el dibujo, que me llevo la sorpresa, de que su terapeuta no sabe nada de arte o es un mentiroso y le hizo creer que tiene talento cuando en realidad es pésimo, lo peor de todo esto es que tarde o temprano mi accidental compañero de viaje va a tener otro instante de lucidez en el que caiga en la cuenta de que es pésimo dibujante y ahora en vez de pensar en dedicarse a otra cosa, va a despotricar contra el universo desde el pedestal de los genios incomprendidos, pedestal que desde luego no le pertenece.

Le conté mi anécdota a un terapeuta amigo y me dijo que yo no pensaba en que tal vez le guste dibujar y por esta sola razón valía la pena que lo haga, y yo le dije a mi amigo que si le gustase dibujar y solo eso, se tendría que reconfortar en el propio hecho de dibujar, de manera tal que no necesitaría hacer terapia porque estaría feliz por dibujar y su terapeuta no tendría por qué convencerlo de que es un genio; se podría haber limitado solamente a decirle: Mire, si usted quiere dibujar hágalo y punto. Pero en cambio lo apañó y persuadió de que es un gran artista.

Después de pensar mucho en esto, inclusive después de escribirlo, recordé la verdadera historia: yo no iba sentado en el colectivo a comprar un libro, yo estaba yendo a terapia y me senté al lado de un hombre que pensaba vaya a saber en qué cosa, pero respondía a mi indagatoria mirada con sonrisas complacientes, pensé que podría ser un pintor exitoso y no un escritor fracasado que le paga a su terapeuta para que lo persuada de ser un genio incomprendido. Después de todo esto me dije: Escribir es lo que me gusta.   Luego de despotricar contra el universo desde el pedestal de los genios incomprendidos me dispuse a dar consejos para no hacer cosas vanidosas. Así que aquí van mis consejos definitivos:  

-Si sabe tocar la guitarra no lo diga, ni se apresure a tocar, y más comprendiendo que es el cumpleaños de su tía y no una sala de conciertos.

-No diga ser pésimo en algo en lo que cree ser genial y en lo que seguro es mediocre, esperando que el círculo de primates que lo rodea lo reivindique.

-Si se mata en el gimnasio espere por lo menos dos horas más en sacarse la remera.

-Si es una mujer linda no se depile el bozo, si es muy linda, además no se bañe y si es hermosa escriba con errores de ortografía y sea grosera. 

-Si está por comprar un reloj caro, no lo compre, si lo compró no lo use y si no lo usa póngase en contacto conmigo, todos saben que soy vanidoso y no me avergüenzo por ello, al menos desde que hago terapia con Cacho Porolo (¡Saludos Cacho!).


-Y si es genial haga lo que quiera, porque no es vanidad hablar de una virtud que se posee, y de cualquier modo, si usted (y con esto me refiero solo al genio) teme ser menospreciado por sus comentarios, le recuerdo que todos odiamos a los virtuosos salvo otros virtuosos. Los odiamos por que los que no somos virtuosos raramente podemos comprender al virtuoso y lo consideramos vanidoso, razón por la cual haga lo que haga, siempre estará solo por ser poseedor de una virtud.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Sobre el sentido de la ubicación


  Me resulta increíblemente llamativo que la transgresión de toda convención social sea festejada. Sí considero que algunas costumbres, con el paso del tiempo, dejan de ser efectivas, por ejemplo: Desearle mucha mierda a un artista.

 (A modo de nota al pié de página: Antes de la aparición del automóvil la gente acudía a los teatros en carretas tiradas por caballos, razón por la cual una acumulación extraordinaria de heces en la puerta del teatro representaría gran asistencia. Sin embargo, a partir del desuso de vehículos tracción a sangre, desearle mucha mierda a un artista deja de ser sinónimo de concurrencia para ser sinónimo de constipación.)

  Sin embargo creo que existen otras convenciones sociales que funcionan mejor tal cual las conocemos. Y esta no es una opinión impulsada por un espíritu conservador sino, más bien, por la efectividad que supone seguir en la misma senda, al menos respecto a estos ejemplos que planteo a continuación.

No toda transgresión es sinónimo de superación…

Pocos sonidos hay tan repulsivos como los generados por los comensales deglutiendo sus alimentos y dentro de todos los alimentos que existen pocos hay tan sonoros como el pururú, pochoclo, popcorn o como sea que le llame usted al maíz tostado. Esto lo sabe cualquier persona que esté en sus cabales. Aún así el ansia de transgresión hizo que no sólo en el cine, sino también en algunos teatros, permitan que alguien que está sentado a no más de 30 centímetros de distancia y con su mandíbula a no más de 20 centímetros de nuestra oreja, pueda generar un concierto paralelo al que se está dando sobre el escenario. ¿Acaso soy el único que padece al ver a una familia entera aproximarse con baldes rebasados de este hosco, disonante e inarmónico alimento?. Como si esto no fuese suficiente, las viejas de las primeras filas no se privan de hacer sus desatinados comentarios estéticos y artísticos y, al finalizar la obra, la gente aplaude, grita, silba, hace genuflexiones indescifrables y se expresa con la ferocidad de una barrabrava. A esta altura, el director mira al público con cierta desconfianza e invita a los músicos a abandonar el escenario de inmediato. Estos comportamientos hacen que se pierda la eficacia del objeto principal que era escuchar los diálogos de la película y no la deglución de alimentos y asistir a un concierto y no a una clase abierta de crítica del arte. Ese sentido de la ubicación sirve para que nos comportemos con mesura en el teatro y alentemos con ferocidad en un partido de fútbol.
 Los argentinos, mundialmente famosos, por nuestro comportamiento exacerbado como público, hemos comprobado que es favorable esta excitación en la cancha de fútbol, y tal vez, por esta razón no encontramos muchas hinchadas que canten en un mezzo forte:

Lo que importa es la belleza,
Belleza que este equipo
Imparte con grandeza.

Por el contrario, muchas hinchadas componen versos que advierten a sus jugadores que si no ganan, no sale nadie con vida del estadio, y que la hinchada del equipo contrario tiene comportamientos similares a los de las fuerzas policiacas y las rameras. Por difícil que sea de comprender, evaluando las declaraciones de muchos jugadores parece ser que estas canciones son efectivas y colaboran al buen desempeño del equipo. Diremos entonces que también conviene el sentido de la ubicación aún en situaciones sumamente groseras mientras sean propicias para nuestro amado club.

En lo que respecta al arte de la seducción, no resulta conveniente entablar conversaciones demasiado complejas en primera instancia ni hacer una enumeración de las virtudes que según nosotros poseemos. Tengo un amigo que espantó a más de un centenar de mujeres explicando el concepto del primer motor inmóvil y sigue preguntándose cómo puede ser que las jóvenes féminas que asisten a los bares no sientan interés por la explicación aristotélica del origen del universo. Tras comprobar la ineficacia de esta fórmula de seducción apostó por el extremo opuesto. Durante el cursado de algunas materias de Letras Clásicas infirió a algunas estudiantes unas rimas que por pícaras y livianas pecaban de obscenas. Él se defendía alegando que se trataba de textos priapeos. Aún así, el único contacto físico que concretó fue recibiendo cachetadas, y el único intercambio de fluidos se dio cuando la saliva de la belicosa y robusta Marta impactó la frente de este desventurado seductor. Una vez más usemos el sentido de la ubicación y comencemos el diálogo con la clásica: “¿venís seguido a este bar?”.

  Por último, y casi como si se tratase de una denuncia, me pregunto: “¿Por qué algunos orientales se ríen siempre?” Es inquietante toparse con gente que siempre está de buen humor. Creo que tendríamos que organizarnos para transmitirles algunas malas noticias que los llamen al sosiego y a la consternación. Podríamos aprender sus idiomas para decirles frases del tipo de: Usted es mortal. Es potencialmente probable que algún día le duela la muela. Las mujeres lindas envejecen y las feas también (lo que se torna insoportable).  Si nos esmeramos podríamos aprender muchas otras frases por el estilo que no puedo enumerar dada la brevedad prevista para este ensayo. En mi experiencia, he encontrado orientales riéndose inclusive en Pompeya, sacándose fotos posando con el dedo índice y el mayor erguidos y el pulgar sobre el anular y el meñique, lo que indica que muchos orientales, encima de ser desubicados, son peronistas.



viernes, 21 de agosto de 2015

A falta de bienvenida, buenas son las excusas...

Ya que suelo sentirme incómodo con el protocolo, pasaré por alto la bienvenida para llegar directamente al discúlpeme. 
Excusarse en primera instancia es propio de los cobardes, y siendo yo una persona que no posee valor para afrontar peligros de ningún tipo y evade situaciones arriesgadas con actitud pusilánime, (o sea un cobarde) me veo obligado a empezar así.   Digo esto sin ánimos de ofender a los cobardes de mi barrio; quienes espero tengan el decoro de seguir siendo amables y no arremetan contra mí creyendo que los expongo u ofendo de algún modo.     

Así como el antiguo filósofo escucha una voz que lo guía, intuyendo que se trata de una deidad;  el loro, sin ser asistido por ninguna musa, repite fonemas y palabras que llegan de más allá de los límites de su plumífero ser. El filósofo desarrolla un método, define que es belleza, y sus ideas contribuyen a la fundación de occidente; el loro, vocifera groserías a las viejas que pasan, pero ambos tienen algo en común: No son del todo propietarios de sus declaraciones. ¿Cómo podríamos explicar la envergadura de Sócrates sin esa voz guía, Más aún, ¿Cómo podríamos explicar que una cotorra cante los primeros versos de Mi Buenos Aires querido?  

Y así, como escribió el filósofo (me refiero a Platón, no a Sócrates que era analfabeto) sus diálogos fundamentales, severos, auténticos, geniales, nobles, puros, infinitos; resultado irrevocable de la proximidad de la deidad, evidenciando la agudeza de su mente en cada párrafo, así, con la astucia propia de los seres más altos, de los Übermensch, así, con la fortaleza típica de los soldados del saber, así... así no me tocó escribir a mí. A mí me tocó una mente más bien similar a la del loro, de hecho canto bastante afinado Mi Buenos Aires querido. 
Como al loro, ocasionalmente, llegan a mi mente voces lejanas que me susurran cosas que me gustan y me tiento de escribirlas, pero luego recuerdo que la frase Sólo sé que no sé nada, no es mía y la leí en algún libro, aunque no recuerdo de quién (Seguro que de Socrates no)

Con loruna astucia me dispongo a escribir ideas ajenas que me suenan propias solamente por ser poseedor de una memoria endeble. Esas voces que me asisten no son musas, ni señores entusiastas de la obra de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, esas voces vienen de viejas lecturas, de viejas charlas con amigos, de viejas películas y de viejas borrachas que alguna vez también compartieron sus saberes. En definitiva, voy a hacer lo mismo que hacen aquellos que escriben libros con recomendaciones para los amantes sin saber que el señor Ovidio ya escribió eso hace poco más de dos milenios. Así, con esa temeridad me arrojo a publicar mis ideas, que no son mías y son más bien monólogos de loro.