viernes, 8 de julio de 2016

Sobre la juventud


Los jóvenes están PERDIDOS, duermen poco, festejan mucho, se ríen desmesuradamente, encumbran la belleza entregándose a los placeres del cuerpo, comen mucho, si sienten melancolía esta no les duele. 

                  Atentamente: Un ex joven (O un nuevo adulto) 

No es nueva la idea de que hay un devenir en la humanidad, razón por la que cada nueva generación representaría una versión corrompida de la anterior. Si a esto le sumamos la idea de que los más propensos a entregarse a una vida licenciosa son los jóvenes, podemos pensar que la juventud de hoy es la peor, y solo será superada por la del futuro que promete ser perfectamente mala. Sin embargo y a pesar de que le podemos dar crédito a esta idea; idea que le da alivio, principalmente a adultos que así suponen que a pesar de todo hay gentes peores que ellos, vale la pena pensar que muchas opiniones están fundadas, lisa y llanamente en la envidia.

A veces los jóvenes juegan a ser adultos y dicen cosas como: No te rías, no es gracioso. De este modo la característica de amargo o mesurado queda expuesta y con ésta, una condición de adulto, de hombre que no ríe, de maduro.

Sabemos que los jóvenes pueden beber más, correr más, comer más, bailar más y así puedo seguir citando muchos más verbos que no son más que delicados eufemismos de una actividad primitiva, primordial que posibilita la existencia, aunque la menor de las veces se práctica con esa intención, Y es algo que todos los seres humanos ejercemos por naturaleza. (Ustedes se imaginan a que me refiero: RESPIRAR) los jóvenes tienen la posibilidad de respirar más y mejor, y eso nos da mucha envidia. 

Los jóvenes no aman la juventud, sencillamente aman la vida porque se conectan con la vida desde su juventud. Los adultos intentamos darle un sentido a la vida, y eso está bien, de que otra cosa nos podríamos ocupar quienes ya no somos jóvenes. 

Querido lector, debo aclarar que crecer no es necesariamente horrible, sin embargo hace poco vi un grafiti que decía: NO CREZCAS, ES UNA TRAMPA. Y a pesar de que estoy rotundamente en contra de los grafitis y más aun, de los insubordinados que rayan espacios públicos; sin ánimos de dejar expuesto mi trastorno paranoide de la personalidad, debo aclarar que si en el futuro escribo atentando contra los jóvenes, será porque lo poco que me queda de juventud habrá envejecido. Sé que suena extraño pero quién sabe qué podría llegar a pensar de aquí a unos años si hoy me declaro enemigo de los grafitis y hace algunos años escribí con aerosol en la pared de un vecino: NO CREZCAS, ES UNA TRAMPA.


viernes, 1 de julio de 2016

Sobre los epitafios


Ante todo debemos recordar que un epitafio tiene por objeto honrar al difunto y no procura ser justo. Quienes componen epitafios no necesariamente pretenden ser sinceros y esto se evidencia en los pocos epitafios que dicen, por ejemplo: A un pésimo padre, golpeador y borracho pero buen cliente. Atentamente personal del prostíbulo Afrodita. Por el contrario los epitafios engalanan al difunto acusando la supuesta posesión de virtudes y al mismo señor que le cabía el epitafio anterior le dedican: A un excelente padre, cariñoso, sano y hombre de familia. Con cariño tus hijos. 

La ausencia de pretensiones filosóficas en los epitafios se evidencia también cuando son escritos por enemigos del difunto. Groucho Marx pensó el siguiente epitafio para su suegra: RIP, RIP, ¡HURRA!  
También son comunes los epitafios que reúnen una innecesaria cantidad de adjetivos, parentescos, títulos nobiliarios, oficios, credos religiosos y datos innecesarios a los fines prácticos del muertito y del casual y desinteresado lector. Para finalizar terminan aclarando que quien dedica la placa es la familia, como si los lectores no supiésemos que en toda familia hay un mezquino que nunca pone su parte del dinero, y no por juzgar una bajeza literaria este conglomerado de inconexas palabras, sino por saber la incómoda situación que supone cobrar una suma insignificante y que remueve tantos sentimientos al tío.

El epitafio de Sícilo, tiene valor no por su carácter de texto mortuorio, sino porque acompaña al texto la melodía escrita más antigua que se ha descubierto hasta la fecha. Este epitafio musicalizado está inscripto sobre una columna que fue encontrada en el siglo XIX y perdida en el siglo XX. No se alarme querido lector que fue recuperada aunque con la base desgastada, lo que ocasionó la pérdida de la última parte del texto. La columna era utilizada por una vieja para apoyar una maceta y aunque pienso en cual podría ser la mejor base para mis macetas no se me ocurre ninguna mejor que una columna de la antigüedad que tenga inscripta una melodía. 

Para quienes consideran que el fin del arte es la conmoción, cada declaración desgarradora expresada en un epitafio representa la hermosa pincelada de una obra maestra. Aunque resulta más acabada la idea de Thomas Stearns Eliot: Every poem is an epitaph (Cada poema es un epitafio) sin embargo; hay epitafios que conmueven más por su belleza o su gravedad filosófica que por la consternación que nos provoca. Recuerdo que en un museo de Roma, creo que en el museo nacional romano, hay una sala con lápidas mortuorias antiguas, y una, del siglo I a.C me llamó particularmente la atención; estaba dedicada de un padre a su hija y decía más o menos lo siguiente:

Toda la belleza de su rostro y su figura tan elogiada no son más que una suave sombra y sus huesos pocas cenizas.

Es realmente conmovedor, pero no por tratarse de un padre despidiendo a su hija, sino por tratarse de un antiguo, que rotundamente acorde a la filosofía de su tiempo, no padece tanto la muerte como si padece al descubrir que el universo ha perdido algo de su belleza.
Para nosotros, quienes leemos esta inscripción en la lápida mortuoria no se trata de un epitafio, se trata de un aviso que bien podríamos traducir en: Llegaste tarde.


viernes, 24 de junio de 2016

Sobre la publicación de libros


Muchos de nosotros, los que escribimos, comenzamos siendo lectores y en el placer de la lectura desarrollamos ocasionalmente admiración hacia el que escribe; nos preguntamos cómo se le pudo haber ocurrido esto o aquello, o cómo es posible que diga tal cosa y de ese modo. Después de insistir leyendo varios libros del mismo autor, podemos imaginar que comprendemos cual es la fórmula que utiliza, cuáles son sus técnicas y sus recursos, a veces no solo se trata de imaginación y efectivamente logramos descifrar alguno de sus patrones; es este el instante a partir del cual algunos comenzamos a sentir la enorme tentación de arrojarnos a la aventura de escribir. En definitiva nuestros primeros escritos se parecen mucho a los de quienes admiramos y en muchas ocasiones son devenidas imitaciones, por esta razón la mayoría de los escritores tenemos miedo al plagio, a decir cosas ya dichas, sin embargo, yo le temería más a la remota posibilidad de que escribamos algo original. Borges dijo que todos los escritores de su tiempo, incluido él, quisieron escribir como Lugones y también dijo que terminó resignándose a ser Borges.   

Casi siempre nuestros primeros escritos nacen en la más estricta soledad y más aun en la clandestinidad del escondite, esto podría deberse al hecho de que sabemos que estamos  jugueteando con algo demasiado noble, casi como un gato que juega con la presa muerta sin tener razón alguna, simplemente, porque puede. Sin embargo cuando escribimos algo que nos gusta, sentimos, al menos por un rato, las ganas de salir del escondrijo para que alguien de extrema confianza nos lea.    
En definitiva puedo decir que quienes cruzaron el umbral del anonimato y muestran sus producciones personales, están de un modo u otro, buscando para sí algún estímulo del exterior. Si solo se tratase de una exploración artística, de un ejercicio literario o de la experimentación de un placer, la muestra y eventual publicación no serían factores indispensables, siquiera útiles.

Cuando decidimos que lo que escribimos se va a convertir en un libro comenzamos a transitar una de las más arduas y horribles tareas del escritor que es la de la corrección. Actividad que se nos torna insoportable principalmente porque nos somete a leernos, y rara vez leemos sin la severidad del corrector, inclusive la burla del crítico, padeciendo en carne propia los aguijonazos que estos despiadados nos propinan en cada frase, que para propia desgracia, si no se hacen presentes en la corrección, esta puede llegar a ser ineficaz. Recuerdo que una vez estuve muy cerca de hacer una corrección literaria perfecta, comencé a quitar fragmentos al libro que había escrito y casi quito todo. Si hubiese quitado todo lo escrito, el libro no sería tal cosa, pero la corrección hubiese sido perfecta.
Un libro es muchos libros antes de llegar a ser ese que es. Una vez que se hizo la última corrección, el libro posee entidad por un instante, esa es la plenitud en la vida del libro, a partir de este momento comienza a mutar infinitas veces ante los ojos de los lectores y esta tragedia no es la peor que tiene que atravesar un libro, también corre el riesgo de que nadie lo lea y entonces le toca el peor de los destinos: ser un objeto obsoleto. 

La gente y especialmente los jóvenes tienen la idea de que todo escritor posee genio o es un intelectual, inclusive, muchos se apresuran a escribir un libro simplemente para figurar en ese pedestal, sin embargo, aquellos que hayan leído  con cierta regularidad, seguramente se habrán topado alguna vez con libros perfectamente olvidables colmados de tropiezos, aun así siguen existiendo quienes creen que todo lo escrito posee cierta gravedad. Recuerdo a mi amigo Juan que en una ocasión, intentando demostrar profundidad, dijo: En mi ateísmo absoluto debo admitir que algunas cosas planteadas en la biblia son verdaderas, esto me deja la enseñanza de que todo texto tiene algo de cierto. otro amigo intentando demostrar sentido del humor se apresura a escribir en un papel y le pide a Juan que lea en voz alta; éste accede y lee: ¡ESTÚPIDO EL QUE LEE!.


viernes, 6 de mayo de 2016

Sobre la mentira


Dice más o menos Lacan: Yo digo siempre la verdad, no la verdad entera, porque de decirla toda no somos capaces. Es materialmente imposible, no hay suficientes palabras, y precisamente, por esta imposibilidad es que la verdad aspira a lo real.

Con gran astucia Lacan nos presenta en pocas palabras un conflicto complejo. Él se percata de que las palabras no son suficientes para definir perfectamente ninguna cosa. Pero es necesario que vayamos más allá en este planteo. Imaginemos por ejemplo, que sabiendo que las palabras piedra, roca, pedrusco y todos los sinónimos que existan son pocos y con seriedad comenzamos a inventar sinónimos a los que les otorgamos significados para tratar de definir con mayor precisión lo que es el objeto piedra. Pongamos por caso, que siendo vehementes, nos inventamos un millón de palabras nuevas con sus respectivas definiciones acordes a todos los campos del pensamiento. Aun así debemos recordar que este millón de palabras diseñadas para definir a las piedras no son piedras, son solo palabras y definiciones. En definitiva, la palabra siempre es mentira, siempre es un intento de representar una cosa real con otra ficticia: una piedra con una palabra. 
Cuando yo digo Árbol le hago creer al interlocutor que eso que dije es un árbol, él se imagina un árbol, pero en realidad es solamente una palabra que está muy lejos de ser tan compleja como es el objeto árbol. Si la palabra escrita es un defecto del habla, nombrar cosas, hablar, es un defecto de la realidad y por ende es una forma de engaño. El pintor surrealista belga René Magritte nos plantea lo mismo en su serie La trahison des images, en la que, en uno de los cuadros, podemos ver una pipa pintada con gran realismo, debajo  de la cual está escrito: Ceci n´est pas une pipe (Esto no es una pipa), y a pesar del asombro de muchos de los que contemplan la obra, es fácil entender que no se trata de una pipa, es simplemente un cuadro. Así de confusa se nos vuelve la verdad, que en nuestra mente se presenta como sinónimo de la realidad y posible de ser expresada con palabras. 

Sin embargo y a pesar de que debemos considerar que las palabras solo son un intento de representar la realidad, también debemos recordar que algunos son imprecisos a propósito porque de esta manera obtienen algo a cambio. Dice Nietzsche: En la medida en que el individuo quiera conservarse frente a otros individuos en un estado natural de las cosas, tendrá que utilizar el intelecto, casi siempre, tan solo para la ficción. Pero, puesto que el hombre, tanto por necesidad como por aburrimiento desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz, y conforme a este, procura que, al menos desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes (La guerra de todos contra todos). Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese enigmático impulso hacia la verdad. Porque en ese momento se fija lo que entonces debe ser verdad, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de la verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso usa las legislaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real. 

Mientras algunos mienten con la intención de permitir la vida en sociedad, otros, menos nobles, usan el teléfono para mentirle a sus esposas cuando están con sus amantes, a sus amantes cuando están con sus amigos y a sus amigos cuando están con sus esposas. Quiero decir, como si no fuese suficiente con tener que admitir que la palabra es un intento imperfecto de representar la realidad, encima, hay quienes agregan y quitan elementos de su pobre percepción para sacar partido de esto. A esta categoría de mentirosos les cabe solamente dos denominativos: Artista o loco. 

Sabemos que  muchos artistas se ufanan al describir mundos imaginarios, inventados, no reales, mentirosos, que según algunos, tienen tantas chances de ser reales como los libros de ciencia. Aun así debemos admitir que en el arte de inventar realidades paralelas nadie es más venturoso que los políticos, que han hecho de la mentira su única herramienta laboral. Si para mentir, el medio más utilizado es la palabra, propongo esta paradoja: Un político mudo.

Adjunto a continuación una lista de personas que erróneamente son consideradas incapaces de mentir:

-Los niños, mienten, a menos que los unicornios y el resto de alimañas que dicen ver realmente existan.

-Los borrachos, mienten, a menos que sus declaraciones de amor y expresiones de cariño sean reales y amen al prójimo más que Jesús.

-Los pescadores, mienten, réstenle el 67% del tamaño a todas sus presas, salvo a las que tienen embalsamadas decorando la sala (Esas son compradas)   

Tampoco es justo considerar que toda la culpa es de la palabra, en definitiva, en tal caso podríamos decir que los mudos estarían más próximos a la realidad y no es así, simplemente porque la palabra es mayoritariamente resultado de la percepción, y los sentidos simplemente conectan el mundo exterior con el cerebro, pero son imprecisos, René Descartes ya desconfiaba de ellos. En definitiva, nuestros imperfectos sentidos envían información desvirtuada de la realidad a nuestro imperfecto cerebro, que genera un imperfecto lenguaje, que utilizamos para decidir que es verdadero y que no lo es. Entre tantas falencias no es un exabrupto utilizar la palabra casualidad, para definir a la verdad. Sin embargo la realidad deja filtrar alguna de sus verdades por nuestros imperfectos sentidos. La más axiomática verdad, filtrada en nosotros, nos reza lo siguiente: Eres mortal. La segunda y no menos evidente es profesada solamente por mujeres que gritan: ¡Quién fue el infeliz que hizo pis sin levantar la tabla del inodoro! 


viernes, 29 de abril de 2016

Sobre las maneras de morir


Hay distintas maneras de morir y entre la diversidad existente en esta insólita actividad que solo se puede ejercer una vez en la vida voy a intentar comentar algunas.

Plutarco nos recuerda que la madre espartana, al despedir a su hijo que iba a la guerra le decía:       ἢ τὰν ἢ ἐπὶ τᾶς, que se podría traducir más o menos como: O con él o sobre él. Exigiéndole valentía a su hijo, ya que con esta frase se referiría al escudo, con el que debía volver triunfante de la guerra y de no ser así, ser traído su cadáver sobre el escudo, como se estilaba hacer con los héroes muertos en batalla. En definitiva las madres espartanas amaban más a Esparta que a sus hijos o simplemente preferían tener un hijo muerto en batalla que un hijo vivo pero desertor. Quedando explicito que la muerte en batalla inscribía en esta patria como la más alta manera de morir. La famosa frase de Douglas MacArthur: No nos estamos retirando, sólo estamos avanzando en otra dirección. No sería muy bien recibida por los vecinos del rey Leónidas I.

Girolamo Savonarola impulsó el Falò delle vanità, (La hoguera de las vanidades) en la que sus seguidores dieron llama a objetos considerados pecaminosos, como libros profanos, manuscritos con canciones seculares, inclusive pinturas de Sandro Botticelli con temas mitológicos, que el mismo Savonarola habría tirado a las llamas. También y como el nombre de esta práctica lo indica, se intentaba amedrentar la vanidad y por esta razón se quemaban espejos, maquillajes y ropas. Esta quema fue exitosa en Florencia y seguramente habrá significado una gran satisfacción para Girolamo; no así la próxima quema en la que se le convidó de las llamas hasta su muerte. Sucede que el fraile denunciaba a los ostentosos, inclusive hasta al mismo papa Alejandro VI (Borgia) quien lo excomulgó en el año 1497, un año antes de que sea encarcelado y posteriormente quemado en público. Sin dudas Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola, experimentó una de las más indeseables maneras de morir.    

Alejandro Casona, encuentra un título de innegable hermosura para uno de sus éxitos más notables: Los árboles mueren de pié. El carácter heroico de este título me hace pensar en la escultura de la tumba del papa Julio II, en la que lo podemos ver recostado, sobre el brazo derecho, en una postura que lejos de figurarnos a un muerto, nos hace pensar más bien en alguien somnoliento, que se entrega momentáneamente a una siesta. Como si fuese demasiado fuerte para morir, o como si la muerte solo fuese un pequeño reposo antes de dar comienzo a la eternidad. Así también, los soldados romanos dan por muerto a San Sebastián, que desnudo, colgado de un árbol y con flechas clavadas en su cuerpo, aun así no pierde hermosura, inclusive en la representación de del pintor holandés Gerard van Honthorst, que lejos de representarlo indolente, lo presenta como el hombre caído; pero con los brazos en alto, y aunque solo sea por las sogas que lo sujetan, el hecho de tener también la pierna derecha flexionada nos da esperanza de que va sobreponerse a pesar inclusive del fondo negro en contraste con la palidez de su cuerpo. 

Algunos escogen hablar instantes antes de expirar y aunque no todos hayan sido tan afortunados como para decir palabras nobles, aladas y profundas, quiero decir, alguno como última frase habrá dicho: ¡Que cara está la papa! O ¡Vieja la ventana está abierta y entra un chiflete de aquellos! En general la historia se encargó de registrar las últimas palabras de aquellos personajes que dijeron cosas dignísimas como Julio Cesar, que algunos autores indican que dijo: ¿Incluso tú, hijo mío? Dirigiéndose a Bruto a quien alcanza a divisar entre los traidores que lo asesinan a puñaladas en el mismo senado.  También recordaremos las últimas palabras de Nerón que dijo: ¡Qué gran artista perece conmigo! Y las de Mariano Moreno: ¡Viva la patria, aunque yo perezca!, pero no olvidemos las más pintorescas como las del señor Jack Daniel  que dijo: One more drink, please. (Un trago más por favor) o Karl Marx que dijo: Las últimas palabras son para los tontos que no han dicho lo suficiente. También podemos pensar en aquellos que no llegaron a terminar sus últimas palabras, al respecto de estos debemos recordar que el cine estadounidense ha hecho de esta situación casi un género, cientos de películas en las que el único que sabe donde está escondida la bomba y como se desactiva solo alcanza a decir: Para desactivar la bomba, que está en…  ¡Ah me muero! 

Sin embargo a estas altísimas formas de morir se oponen otras que son menos teatrales, menos perfectas y hasta vergonzosas. Debemos confesar que morirse en la calle es una vergüenza total, dejar el cadáver en cualquier lado y en una postura ridícula es un bochorno. Alguien tendría que decir: ¡Vaya a morirse a su casa! Por supuesto es tan humano compadecerse de los muertitos que inclusive no nos quejamos siquiera cuando dejan su cadáver tirado en plena avenida, impidiendo el paso y obligándonos a llegar tarde al trabajo. Lo único peor que morirse en la calle, es morirse en la calle por hacer algo estúpido. Hay una sobre estimación de los temerarios, principalmente en los Estados Unidos de América. A tal punto llega esta admiración que muchos se filman haciendo estupideces peligrosas y mueran en el intento o no, reúnen el material y lo transmiten en Shows televisivos.

Afortunadamente en la mayoría de los pueblos del mundo se utilizan las clínicas para enviar a la gente a que se muera. Por supuesto, un servicio tan útil no podría ser barato, pero aun así valen la pena. Los dueños de las clínicas tienen en cuenta detalles mínimos, como exigir camisas planchadas y divinas corbatas a sus médicos o contratar hermosas secretarias, inclusive la mayoría de estos recintos llevan el nombre de sanatorios, con la intención de persuadir y generar falsas esperanzas en parientes y moribundos.     


viernes, 22 de abril de 2016

Sobre la muerte

Estoy seguro de que no va a ser la última vez que hable de la muerte, por supuesto si ella no me lo impide.

A los animales les llega el fin, los humanos, al tener conciencia de la muerte caminamos hacia ella, sabemos que el encuentro es inevitable; sin embargo hay muchas personas que parecen haberlo olvidado, o no lo piensan, a veces porque no la vieron de cerca o porque simplemente parece no importarles. A estos dichosos los invito a dejar de leer esto por su propio bien.

Ahora sí, ya estamos solo quienes somos conscientes de la existencia del fin y algunos curiosos que no pueden con su genio. Yo desgraciadamente tuve mi primer encuentro con la muerte en mi más tierna infancia, sin embargo también debo agradecer que se apareciera de un modo discreto, casi inocente y hasta pintoresco. Les cuento la anécdota: 

Era el día siguiente de mi cumpleaños número cuatro, (irónicamente, el día de los inocentes) estaba yo abriendo el último paquete de regalos (jamás perdería ni un segundo de juegos con amigos para ver los regalos que perfectamente podría ver al día siguiente) cuando de repente con tan solo ver la forma del envoltorio y sentir la consistencia, me percaté que se trataba de ropa, una pésima noticia considerando que para un niño el único regalo digno y bien recibido es un juguete, y por aquellos años no se estilaba regalar disfraces, de manera tal que yo sin abrirlo ya confirmaba que se trataba de algo aburrido, aun así abrí el paquete. Era una camisa marrón clara, de mangas cortas, digamos que nada extravagante, sin embargo me encantó, me pareció el mejor y más lindo regalo, me la quise poner inmediatamente y me sentí infinitamente afortunado por ser poseedor de una prenda tan hermosa, la miraba como se mira a un tesoro y me imaginaba caminando por la calle con esa camisa. Pocos minutos después de contemplarla me angustié hondamente al percatarme de que yo crecería y algún día no podría usarla más, y no dependía de cuan cuidadoso fuese con ella. Por primera vez estaba yo ante la frustración que genera enfrentarse a lo inevitable. En definitiva descubrí el paso del tiempo y la fatalidad. Tal vez yo tuve la suerte de que la muerte se me haya presentado de manera tan piadosa; disfrazada de camisa. Todo esto me hizo pensar en la belleza que es una luz que encandila y se puede tornar peligrosa, y aunque podamos maniobrar con ella, un día dejaremos de contemplarla.

Casi todos los días recuerdo que voy a morir y peor aun, pienso que los que amo van a morir. Como agravante, por más esfuerzo que haya hecho, no considero posible ningún tipo de existencia después de la muerte, no al menos una que me sea conveniente. Aquellas especulaciones científicas que sostienen que la energía no desaparece y que la energía que contenía mi cuerpo seguirá existiendo en el universo, la verdad, no me alegra en absoluto. Yo quiero,tal como plantea Unamuno, una vida eterna pero manteniéndome intacto. Nada de renunciar al cuerpo para ceder mi existencia al espíritu, ni mucho menos consolarme con ser energía viajando por el espacio.  Tampoco me consuela pensar que el día de mañana, cuando muera, alguien leerá los bodrios que escribo y viviré en mis escritos. Le aseguro querido y paciente lector que cambio todas las cosas que haya escrito en mi vida y todas las que escribiré por una hora más de vida.

Nuestro querido John Donne, hombre de fe, describe el devenir del cuerpo y la proximidad de la muerte con un llamativo pesar tratándose de alguien que está seguro de la eternidad del alma. Evidentemente la muerte siempre es penumbrosa, aun para quienes la consideran un cambio de estado. Entre los párrafos más terroríficos que he leído en mi vida, más aun que los que se describen en el infierno de Dante, recuerdo aquel de Donne que dice más o menos:

… y en un instante el sueño, que es la imagen, la copia de la muerte, se aleja para que el original, la muerte misma, pueda sucederla…  

Poco antes de este párrafo, Donne, viene describiendo la pérdida del apetito y de las fuerzas, pero esta idea del poeta británico, de que el sueño es un ensayo de la muerte, es aterradora. La muerte se anuncia quitándonos todo, inclusive el sueño que es una maqueta de ella misma.

En la literatura el tema de la muerte está tan presente como el amor, y probablemente no sea casual, parece ser que el amor es el sentimiento más efectivo para olvidar, al menos momentáneamente, a la muerte. Borges, haciendo gala de la asombrosa combinación de razón y sensibilidad que lo caracterizaba, se percata de que posiblemente Cervantes al describir la muerte de Alonso Quijano se conmueve sinceramente y por eso escribe:

…entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.


 Anteponiendo la frase dio su espíritu, casi como buscando palabras en la conmoción para anoticiar de la muerte del personaje.  

En definitiva, este gil que escribe, aprovechando que la muerte está entretenida en el geriátrico de la esquina, va a salir a disfrutar del sol, del amor y de alguna bebida espirituosa; porque nunca se sabe si quien está tocando el timbre de casa es una tía o la parca. Y le recomiendo que haga usted lo mismo, vaya al parque o a hacer compras, por ahí viene la parca, no lo encuentra en casa, se entretiene con algún despistado y después se olvida por algunos años de usted.

viernes, 15 de abril de 2016

Sobre la innecesaria extensión de algunas cosas

Hay quienes insisten en considerar que todo es relativo, sin embargo, quienes padecemos las nauseas que provocan los vaivenes de la incertidumbre nos arriesgamos una vez más a considerar ciertas algunas ideas, tal vez con la única intención de aferrarnos al mástil de este naufragio al que llamamos Monólogos de loro. 

Este viernes el loro parlanchín expone sobre la innecesaria extensión  de algunos sucesos. Sin más preámbulos comenzamos: 

Conversación de innecesaria extensión:

Persona A: ¿Quieres cenar esta noche en mi casa?
Persona B: Sí.
Persona A: ¿Realmente tienes ganas?
Persona B: Sí.
Persona A: No te escucho convencido.
Persona B: Sí, tengo ganas, por eso dije que sí quiero ir.
Persona A: Está bien, simplemente no quiero que lo hagas por compromiso.
Persona B: ¿No te parece que este diálogo se está tornando innecesariamente largo?
Persona A: ¿Vas a ir por compromiso?
Persona B: No.
Persona A: ¿Y entonces por qué vas?
Persona B: porque tengo ganas de ir
Persona A: Y entonces por qué no dijiste simplemente sí.
Persona B: Eso es lo que dije en un principio.
Persona A: si, pero lo dijiste con una entonación distinta.

Conversación de perfecta duración

Persona A: ¿Quieres cenar esta noche en mi casa?
Persona B: Sí. 
Persona A: Te espero a las veintiuna.
Persona B: De acuerdo. Saludos.
Persona A: Nos vemos.

(Habrán notado el cuidado que tuve llamando a los personajes A y B para que no sea yo considerado un sexista dejando expuestas a las que la mayoría de las veces representan al personaje A del primer ejemplo)

También existen geografías y edificios que parecen haber sido pensados con el único fin de generar y abrigar situaciones de innecesaria duración y  entre estas, las salas de espera, son las más evidentes; todas las esperas que superen los quince segundos son insoportables. Las paradas de bus, los aeropuertos, las estaciones de trenes, y otros lugares análogos, todos diseñados para propiciar espacios en los que se adoctrine a la gente para aceptar como normal la innecesaria duración de las esperas. Los creacionistas y casi todos los hombres de fe deben confesar que la vida misma es una espera para el reencuentro con el creador (o con su archienemigo…) inclusive yendo más a lo micro, sin pensar en la vida o el universo, puedo asegurar que a las Pampas argentinas dios las diseñó con la intención de que quien las recorra conozca el aburrimiento y se prepare para estas esperas que los ateos encuentran de innecesaria distancia.

Debemos admitir que muchos de nosotros somos funcionarios de esta corporación que proporciona instancias de innecesaria duración. Recuerdo al panadero de mi barrio, que para vender dos trozos de pan demoraba veinte minutos; dedicados los primeros diez a ponerse a corriente de toda la situación familiar y general del cliente y los últimos a la parsimoniosa manera de buscar el producto, envolverlo, cobrarlo y despedirse con la emoción que se despide a un amigo que vive a veinte mil quilómetros y tal vez no vuelva jamás al país. Mientras tanto el resto de los clientes sabe que tres compradores antes en la fila equivalen a una hora de espera. Y si bien no somos todos tan operantes en el oficio de alargar innecesariamente las esperas de los demás, como Don Juan el panadero de mi barrio, insisto, debemos admitir que muchos de nosotros somos ocasionalmente empleados de medio tiempo en dicha corporación.

No dejemos afuera de esta lista a los procesos judiciales. En Argentina, dichos procesos suceden con una lentitud tan portentosa que podríamos decretar a los empleados del poder judicial como los máximos exponentes, representantes inalcanzables, defensores insoslayables y procuradores por excelencia de situaciones de innecesaria duración.  A veces suelo imaginar que los jueces tienen vehículos muy lentos, que los abogados llegan montados en tortugas a sus oficinas y que todos los empleados del poder judicial tienen vértigo y tacofobia o viven en una dimensión paralela que transcurre en cámara lenta. Por supuesto siento pena por ellos, imagino lo difícil que se debe tornar la vida de una persona que opera con tal lentitud; imagínese querido lector lo difícil que debe ser conseguir novia, o jugar al futbol para un señor que para definir una operación laboral necesita entre cinco meses y ocho años de trabajo. Acostumbrados a estos dilatados tiempos imagino que someterán a sus familias a prorrogadas esperas, sus hijos los esperaran durante horas a la salida de la escuela y sus amigos dormirán siestas hasta que estos lleguen al desenlace de un chiste que comenzaron a relatar la semana pasada.

En la literatura, toda obra que nos disguste se tornará de innecesaria duración y por esta razón podríamos decir que es mala, sin embargo y como dijimos al comienzo, no todo es relativo y debemos considerar la posibilidad de que la obra sea mejor que nosotros y sencillamente no la estemos entendiendo. Nuestros gustos siempre están sujetos al nivel de entendimiento y raciocinio que tengamos. Tramposamente algunos poseedores de humildes niveles de entendimiento largan al mundo sus desatinadas críticas estéticas o simplemente quieren persuadir al mundo de que todo es relativo, y que el gusto personal es lo que define la nobleza de la obra, para todos ellos tengo dos cosas que decir: la primera es que el gusto no es siempre fraternal con la nobleza artística, y la segunda es que estoy seguro de que este texto se volvió una cosa de innecesaria duración.